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Condenado un proxeneta que tatuaba a las chicas a las que explotaba

Siempre defenderemos la prostitución como medio lícito y honrado de ganarse la vida. Una prostituta (sea de lujo o no lo sea, sea escort o no) es y será siempre una persona tan honrada como una doctora en Química, una cajera del Mercadona, una mujer de la limpieza o, por supuesto, una mujer dedicada a la política. En demasiadas ocasiones escuchamos cómo en las tertulias y debates que de tanto en tanto se realizan sobre la prostitución se mezclan de manera torpe o incluso malintencionada conceptos que sólo tienen que ver entre ellos de manera tangencial. Prohibir la prostitución bajo la justificación de perseguir la trata de mujeres es coartar una libertad: la que debe tener cada persona a la hora de escoger su manera de ganarse la vida.

Dicho esto, hay que señalar que toda medida que sirva efectivamente para reducir o erradicar las situaciones de explotación sexual de la mujer es digna de ser aplaudida. La trata de personas es, sin duda, una de las grandes lacras de nuestra sociedad actual. Siempre resultará degradante que una persona explote a otra. En algunos casos esa explotación adquiere tintes verdaderamente obscenos. Ése es el caso del proxeneta de origen rumano Iulan T. Este proxeneta ha sido juzgado por el Tribunal Supremo y condenado a una pena de 44 años de prisión por delitos de trata de seres humanos con fines de explotación sexual, falsedad en documento oficial, prostitución proactiva, detención ilegal y lesiones.

El comportamiento de este proxeneta fue calificado de “espeluznante” por el Tribunal Supremo. Iulan T. formaba parte de una red de proxenetas que obligaba a jóvenes rumanas traídas a España con engaños a prostituirse en diversas zonas de Madrid, entre ellas el Polígono Marconi, diversos clubs de prostitución y algunos pisos de la calle Montera, tradicionalmente asociada a la prostitución. Para controlar a las jóvenes prostitutas, este proxeneta utilizaba la violencia extrema y, en algunos casos, llegaba a tatuar a la joven marcándola con códigos de barras o, en algún caso, una cifra que hacía referencia a la cantidad que la chica adeudaba a la red.

Esta red de de trata de mujeres estaba formada por 14 personas, entre ellas la esposa, la hija y otros familiares del acusado. Todas estas personas han sido condenadas a penas de entre uno y 31 años de cárcel.

El Tribunal Supremo, en la sentencia, ha destacado que en los casos de violencia denunciados por víctimas que, escapando a la red, se convirtieron en testigos protegidos, concurrió en más de una ocasión el agravante de ensañamiento. El Tribunal destaca en la argumentación de su sentencia la “complacencia en el sufrimiento causado a la víctima” y la voluntad decidida de “causar males innecesarios”. Un ejemplo: una joven que escapó de la red y que fue localizada por ésta en la Casa de Campo fue secuestrada y atada a un radiador. Ahí permaneció durante varios días, alimentada mínimamente, siendo golpeada, vejada y tatuada con un código de barras en el interior de la muñeca. Una de las torturas que tuvo que padecer esta víctima de la red de trata de blancas desarticulada y condenada fue la de ser rociada en el rostro con un material irritante. Algunas de estas torturas llegaron a ser grabadas por el proxeneta condenado.