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Servicio de prostitutas para soldados: el caso Hooker

Toda historia, sea de lo que sea, está llena de anécdotas. En el fondo, y después de todo, la Historia no deja de ser una especie de tapiz hecho de hilos de anécdotas trenzados entre sí. La Historia de la Prostitución no escapa a esa máxima. Si fijamos la vista en ella podemos encontrar un sinfín de anécdotas que nos servirán finalmente para, a base de pinceladas, contemplar un retablo más o menos completo del oficio de la prostitución a lo largo de la historia.

En este post vamos a hablar de cómo el término de “hooker” (término que, en Estados Unidos, hace referencia a las prostitutas que ofertan sus servicios en la calle) puede provenir del apellido del general de división unionista Joseph Hooker. Este general, que durante la Guerra de Secesión norteamericana dirigió el Ejército del Potomac, tuvo la idea de incorporar a su ejército un equipo de prostitución para que los hombres de su ejército pudieran disfrutar de sus servicios.

Antes de entrar a valorar la idea de Hooker y de sus servicio de prostitutas para soldados hay que tener en cuenta que la prostitución estuvo muy extendida durante todo el tiempo de la guerra. En alguna que otra Historia de la Guerra de Secesión estadounidense se destaca cómo en los alrededores de los campamentos se establecían burdeles.

Los grandes burdeles vivieron un momento de gran esplendor y el negocio de la prostitución se volvió durante el tiempo que duró la Guerra de Secesión un negocio tan lucrativo como el de las armas o el alcohol. Casas suntuosas y elegantes, mansiones con balcones y amplios salones: así eran los burdeles en los que la oficialidad de la Unión se “relajaba” en compañía de bellas mujeres y en los que, en algunos casos, se mantenían reuniones secretas con aspiraciones claramente lobistas.

A muchos de estos lugares fueron a parar mujeres llegadas desde todos los rincones del país y que, por hallarse sus maridos lejos de casa (y no recibir o resultar insuficiente la soldada) o porque habían muerto, estaban pasando momentos especialmente duros a nivel económico. Esto se hizo especialmente patente entre muchas mujeres del Sur que, en épocas especialmente complicadas, consiguieron gracias al ejercicio de la prostitución unos ingresos económicos que triplicaban los que hubieran podido atesorar ejerciendo otros tipos de trabajo como podían ser el servir en alguna casa o el coser para alguien.

El desánimo general, además, pudo ser el causante de que se relajaran las costumbres y los límites morales se difuminaran favoreciendo así que el ejercicio de la prostitución se intensificara y volviera más habitual.

Fue seguramente imbuido por este ambiente de “relajación moral” y persiguiendo dar una vuelta de tuerca más de lo que siempre había sido una preocupación para él (que los hombres de su ejército estuvieran contentos y preparados para entrar en combate con el mejor ánimo posible) por lo que Hooker intentó organizar un servicio de prostitutas para soldados incorporó a su ejército esa cuadrilla de prostitutas que fue apodada “la Brigada de Hooker”.

Sin duda es una sabrosa anécdota la de asociar el término de hooker a esta curiosidad histórica. Hay autores, sin embargo, que destacan que el término de hooker ya era utilizado en las décadas anteriores a la guerra de Secesión y a que el general Hooker ideara su servicio de prostitutas para soldados. Lo único que consiguió, pues, durante la American Civil War, fue hacerse más popular. Esos mismos autores sostienen que el término hooker, como término referido a las mujeres que ejercen la prostitución en la calle, proviene de las prostitutas que ofrecían sus servicios en los astilleros y estaciones de los transbordadores de Corlears Hook, una zona del “Lower East Side” neoyorquino que queda justo a orillas del East River, el amplio río que separa a Manhattan de Blooklyn y que está cruzado, entre otros, por los puentes de Williamsburg, Brooklyn y Manhattan.

En cualquier caso, la idea de los mandos de diferentes ejércitos de los más variados países de acercar la prostitución a las tropas o, cuanto menos, de favorecer que éstas puedan gozar de los servicios de una serie de prostitutas seleccionadas y “reclutadas” por el mismo ejército es algo que se ha ido repitiendo, con algunas variantes, a lo largo de la historia. En este espacio ya prestamos atención al caso de las mujeres de solaz, las esclavas sexuales que el ejército japonés puso a disposición de sus combatientes para que satisficieran sus necesidades sexuales.

El tema de las prostitutas reclutadas por el ejército para prestar sus servicios entre la soldadesca sirvió también al escritor Mario Vargas Llosa para escribir una de sus novelas, Pantaleón y las visitadoras. En esta novela publicada en 1973, el Nobel peruano contaba cómo los efectivos del Ejército del Perú eran atendidos, en la Amazonía Peruana, por un servicio de prostitutas. Vargas Llosa siempre ha sostenido que dicha novela estaba inspirada en hechos reales que él había conocido gracias a un viaje a la selva peruana. Quizás algún día hablemos con más profundidad de esta novela en la que la prostitución se alza como tema fundamental. Después de todo, son muchas las novelas que, a lo largo de la historia, y de una manera u otra, han servido para plasmar las condiciones de vida de las prostitutas y las diversas maneras de ejercer su profesión; y siempre puede ser una buena idea asomarse a esas novelas para conocer y entender algo más todo lo que tiene que ver, de manera directa o indirecta, con esta profesión tan injustamente tratada en demasiadas ocasiones.