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Prostitutas militarizadas: un proyecto nazi para luchar contra las ETS durante la guerra

La historia de toda guerra está llena de pequeñas historias. A menudo esas pequeñas historias quedan aplastadas por el peso ciclópeo de la Gran Historia. El escritor y periodista Jesús Hernández acaba de publicar una obra que intenta recoger pequeñas historias de la Segunda Guerra Mundial. El título de la obra no da lugar a engaños sobre su contenido: “Pequeñas grandes historias de la Segunda Guerra Mundial”. Una de esas pequeñas grandes historias es la que hace referencia al servicio de prostitución que, ideado por el mismo Hitler, debía servir para satisfacer las necesidades sexuales de los combatientes alemanes y, a su vez, para evitar el contagio y la proliferación de enfermedades de transmisión sexual como la sífilis o la gonorrea.

Aunque pueda no parecerlo, las enfermedades de transmisión sexual (ETS) eran uno de los principales motivos de baja dentro del ejército. Las estadísticas del ejército estadounidense lo dejaron muy claro tras la finalización de la Primera Guerra Mundial: prácticamente el 10 % del ejército USA (87 soldados por cada mil) sufrieron algún tipo de enfermedad venérea durante la guerra. De nada habían servido los programas de concienciación ni los sermones eclesiásticos.

La aparición de la penicilina y la generalización del uso de preservativos hicieron que estas cifras, al estallar la Segunda Guerra Mundial, se redujeran. A pesar de ello, el porcentaje de soldados estadounidenses infectados superó el 5 %. En el ejército alemán, por ejemplo, y en 1940, las ETS habían causado más bajas que el ejército francés durante el tiempo que había durado la ocupación del país.

Atendiendo a la gravedad de estas cifras y al riesgo que una pandemia de ETS podía causar en el seno del ejército, el mismo Adolf Hitler planeó la creación de un servicio de prostitución que pudiera servir para que los combatientes alemanes se liberaran de las tensiones sexuales acumuladas.

Los alemanes crearon dos tipos de prostíbulos durante la guerra: las guarniciones y los burdeles de campo. Las primeras se establecían cerca de las ciudades y atendían a combatientes de permiso. Los segundos se colocaban justo tras las líneas de frente y servían para que los combatientes pudieran desahogarse tras las jornadas de lucha intensa.

Las mujeres que atendían a estos prostíbulos, y que pasaban los reconocimientos médicos pertinentes para garantizar su salud sexual, podían ser profesionales o prisioneras. Las offizierdecke (oficiales de cama) atendían única y exclusivamente a hombres que habían sido examinados médicamente y que acudían a los prostíbulos provistos no sólo de sus ganas de coyunda. Los combatientes que acudían a los prostíbulos militarizados debían acudir con el informe que garantiza su salud, así como con un bote de desinfectante y un preservativo. Una cosa y la otra eran proporcionadas por las autoridades militares, que en ocasiones inyectaban medicinas preventivas en el pene de los soldados que acudían a estos prostíbulos. Una vez finalizado el encuentro sexual entre el combatiente y la offizierdecke, ésta firmaba y ponía sus datos sobre el informe médico.

Este sistema de control del ejercicio de la prostitución tan cuadriculadamente alemán que nos describe Jesús Hernández en su obra sirvió, sin duda, intentar evitar que las Enfermedades de Transmisión Sexual no se convirtieran, para el ejército alemán, en un enemigo más peligroso que los ejércitos ruso y aliado durante la guerra. El frío racionalismo alemán de su organización no sirvió, sin embargo, para evitar que alrededor de 250.000 soldados quedaran infectados de algún tipo de ETS. Después de todo, controlar las relaciones sexuales (forzadas o no) que tuvieran lugar fuera del ámbito de los prostíbulos era algo que excedía a la capacidad intervencionista de las autoridades nazis.