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El triste destino de las prostitutas francesas tras la ocupación alemana

Los años de la ocupación alemana fueron años dorados para los prostíbulos franceses. Pese a que el líder nazi Adolf Hitler había calificado a las prostitutas de sujetos asociales que hacían decaer la raza aria, lo cierto es que en los territorios ocupados por su ejército actuó de manera muy distinta. De hecho, en Francia, por ejemplo, Hitler procuró que sus soldados tuvieran acceso sin problemas a los servicios de prostitución. Para ello requisó 22 prostíbulos para que las prostitutas que trabajaran en ellos se dedicaran en exclusiva a atender las necesidades y peticiones sexuales de los soldados del ejército alemán. El número de prostitutas que trabajaban en Francia se incrementó considerablemente y, con ello, el rencor de los no colaboracionistas hacia estas mujeres que, de manera profesional, proporcionaban solaz a los invasores.

La cercanía de las tropas alemanas a la capital francesa en los primeros tiempos de la invasión de Francia hizo que se vaciaran los burdeles parisinos. Cuando los soldados y los oficiales alemanes entraron en París, se encontraron con un París en el que escaseaban las prostitutas. De las cuatro mil ochocientas existentes antes de la invasión, apenas quedaban la mitad. Incluso el gobernador militar del ejército invasor se quejó de tal escasez de prostitutas. Según él, la marcha de las prostitutas era, de alguna manera, una forma de resistencia al Tercer Reich. Algo de razón no le faltaba. Después de todo, en la puerta de algunos burdeles cerrados podían encontrarse carteles en los que se decía: “Casa cerrada. Personal movilizado”.

Poco a poco fue acabando esta escasez. El número de prostitutas francesas que ejercían durante la ocupación alemana se fue incrementando progresivamente. Después de todo, estar en contacto con los alemanes podía permitir no sólo más ingresos, sino, también, el poder acceder de manera sencilla a alimentos, artículos de lujo, etc. De hecho, se calcula que en París, durante la ocupación, llegaron a trabajar full time unas 10.000 prostitutas, seis veces más que antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. No en vano, la historiadora Marie Moutier ha apuntado que “en menos de una hora, una chica podía vender sus encantos y ganar tres veces más que la asignación que les daba el gobierno a las esposas de prisioneros de guerra franceses en 1941”.

Tras el desembarco de Normandía, y llegado el momento de la liberación del país por las tropas aliadas, los miembros de la Resistencia y los anti-colaboracionistas decidieron tomar represalias contra las prostitutas que habían prestado servicios sexuales a los invasores. ¿Qué tipo de represalias? Antony Beevor, historiador, apunta que las prostitutas que habían trabajado durante la ocupación alemana eran rapadas al cero y, en algunas ocasiones, apalizadas en plena calle. El “esquilado” de estas mujeres era un castigo que ya se había aplicado durante la Edad Media. En aquel tiempo, a las mujeres adúlteras se les afeitaba el pelo para, así, privarlas de una de sus características más seductoras. Al afeitarlas, lo que los miembros de la Resistencia hacían era lo mismo que habían hecho aquellos hombres que, durante la Edad Media, habían afeitado la cabeza de las mujeres: dejar en ellas una señal de vergüenza.

El afeitado del cabello no fue el único castigo al que, tras la liberación de Francia por las tropas aliadas, fueron sometidas las prostitutas que habían ejercido su profesión durante la ocupación alemana. En algunos lugares del país también se les pintaba una hesvástica en la frente o se las paseaba embadurnadas con alquitrán en camiones descubiertos para que todo el mundo supiera que habían sido lo que se dio en llamar “colaboracionistas horizontales”.

Los datos aportados por Beevor en su artículo “Un feo carnaval” coinciden con la visión que de esos días dejaron personas que los vivieron en primera persona, entre ellos algunos mandos militares americanos e incluso el secretario personal del premier británico Winston Churchill.