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Prostitución masculina en Grecia y Roma

Hace ya un tiempo que dedicamos en nuestro blog un artículo a cómo era la prostitución en Roma. Hablábamos en aquel artículo de la doble moral con la que en la sociedad de la Antigua Roma (como en tantas sociedades a lo largo de la Historia) se trataba la prostitución. Hablábamos allí también de los diversos tipos de prostitutas que se podían encontrar en Roma (meretrices, doraes, fornicatrices, copaes…) y de cómo eran los lupanares romanos. De lo que no hablamos en aquel artículo era de un tipo de prostitución que estaba muy extendida en Roma, del mismo modo que había estado extendida en la Antigua Grecia. Dicha prostitución era la prostitución masculina. En este artículo del blog de Girlsbcn.info queremos fijar nuestra mirada en la prostitución en Grecia y Roma durante la época clásica.

Prostitución masculina en Grecia

Que la prostitución masculina era algo bastante arraigado en Grecia es algo que está contrastado. Tenemos textos que nos hablan de ello. En el proceso de Esquines contra Timarco, por ejemplo, se nos habla de hasta qué punto un prostituto y un chico mantenido son dos figuras distintas. Y en El banquete, de Platón, un diálogo que versa sobre el amor, podemos encontrar también referencias a la prostitución masculina en la Antigua Grecia.

Se sabe que en Atenas existían dos tipos de prostitución masculina: la ‘porneía’ y la ‘hetaíresis’. Unos estaban inscritos en el registro de oficios; otros, no. El puto o pórnos era aquél que se prestaba a actos sexuales a cambio de dinero. Habitualmente, los putos eran esclavos que, procedentes de la guerra, se veían condenados a ejercer la prostitución y que tenían que pagar un impuesto por hacerlo. El hetairikós, por su parte, era algo así como un amante, un mantenido que prestaba sus servicios eróticos en exclusiva a un ciudadano acomodado.

La prostitución masculina en Grecia era muy habitual. El prostituto más famoso de todos fue, sin duda, Fedón de Elis. Éste había sido condenado a la esclavitud tras la conquista de su ciudad. Fue precisamente en un prostíbulo donde lo halló Sócrates, quien convirtió a Fedón en uno de sus discípulos más destacados. Platón habló de él en Fedón o sobre el alma, una obra en la que se habla de las últimas horas de vida de Sócrates.

Al hablar de prostitución masculina en la Grecia clásica hay que evitar el error de confundirla con lo que se conoce como la “pederastia educativa”. Que los jóvenes efebos (‘erómenos’) recibieran regalos del adulto que lo “educaba” (‘erastés’) no debe confundirse con el pago por servicios eróticos. Aristófanes, en su obra Pluto, hablaba de la diferencia entre estas dos figuras.

Para que dicha diferencia quedara claramente establecida, las autoridades griegas aprobaron una legislación que regulaba la figura del funcionario que se encargaba de vigilar la conducta de jóvenes en gimnasios y escuelas. Los jóvenes, según esta ley, no podían prostituirse. Si se encontraban evidencias de que un joven lo hacía, la ley contemplaba castigos tanto para el padre del joven como para el proxeneta. Por su parte, el joven quedaba libre de pena.

Solón, uno de los grandes legisladores de la Antigua Grecia, estableció en una de sus leyes que la prostitución masculina era una actividad vedada para los ciudadanos. Según la legislación aprobada por Solón, sólo los esclavos podían ejercer la prostitución masculina en Grecia. La pederastia, por el contrario, estaba permitida a los ciudadanos, pero no a los esclavos. Eso sí, el hombre que decidiera ejercer la prostitución debía atenerse a las consecuencias: no podría ejercer cargos públicos y perdería sus derechos cívicos de manera inmediata.

En las grandes ciudades, los hombres podían ejercer la prostitución en prostíbulos. Estos podían ser muy diversos. Los destinados a satisfacer las necesidades eróticas de la clase más acomodadas estaban ubicados en lugares discretos y apartadas. Los menos privilegiados, en las zonas portuarias. Había también prostitutos que ejercían su oficio en la calle y, en algunos casos, en alguna habitación especial de sus propias viviendas.

Del mismo modo que eran muchos los tipos de prostíbulos masculinos en la Antigua Grecia eran también muy variadas las tarifas que los prostitutos cobraban por sus servicios. Eso sí: la inmensa mayoría de los prostitutos que ejercían como tales en la Antigua Grecia lo hacían para satisfacer las necesidades sexuales de hombres adultos. Menor era la proporción de gigolós, es decir, de prostitutos que se dedicaban a la satisfacción de los apetitos sexuales de las mujeres. De uno de ellos, por ejemplo, nos habla Aristófanes en su obra Pluto.

Prostitución masculina en Roma

La cultura romana, tan heredera en tantos extremos de la griega, también recogió la práctica de la prostitución masculina. Pero la prostitución masculina presentaba en Roma una clara diferencia, de entrada, con la femenina: la prostitución masculina en Roma estaba mucho mejor pagada que la femenina. Las prostitutas, esclavas o procedentes de las capas más bajas de la sociedad, malvivían con lo que obtenían vendiendo su cuerpo. Los prostitutos, al menos en sus años de juventud, tenían un mejor nivel de vida.

La legislación romana castigaba tanto la pederastia como la homosexualidad pasiva de los ciudadanos libres. La ley, sin embargo, se mostró ineficaz para luchar contra lo que parece que eran las inclinaciones naturales de una buena parte de la sociedad masculina romana. El Estado, sabio y siempre a la última a la hora de captar recursos para engrasar monetariamente su funcionamiento, fijaron una serie de impuestos. Así, los prostitutos de la Antigua Roma, para poder ejercer su oficio, se veían obligados a pagar una tasa que ayudaba a llenar las arcas del Estado.

Las prácticas homosexuales, incluyendo aquí el ejercicio de la prostitución masculina, fueron más seriamente perseguidas en Roma cuando el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio. La difusión de las ideas cristianas en amplias capas de la sociedad romana no impidió, sin embargo, que gran parte de la sociedad de la época aceptara dicho tipo de relaciones y dichas prácticas como normales.

Los dibujos de Pompeya y los grafitos encontrados en la célebre ciudad nos han ayudado a conocer gran parte de las costumbres sexuales romanas, también aquéllas que hacen referencia al ejercicio de la prostitución masculina en la Antigua Roma. Del mismo modo que sucedía en Grecia, la prostitución masculina en Roma estaba principalmente orientada a satisfacer las necesidades de varones. Al igual que sucedía cuando contrataban los servicios de prostitutas, los romanos que decidían contratar el uso de un prostituto optaban preferentemente por buscar hombres de origen egipcio u oriental. Se ha hablado de la existencia de prostíbulos en los que sólo hombres ejercían la prostitución, pero lo más habitual era que los hombres ejercieran la prostitución en termas, baños públicos, en el circo y en tabernas y prostíbulos mixtos.

Una de las grandes diferencias entre Grecia y Roma en lo que hace referencia al ejercicio de la prostitución masculina radica en el papel desempeñado en cada una de estas culturas por el gigoló. Hacia finales de la República y principio del Imperio, las mujeres más pudientes de la sociedad romana empezaron a adquirir la costumbre de contratar gigolós para satisfacer sus necesidades sexuales. Las más ricas de todas ellas se daban el capricho de contratar a unos gigolós muy especiales: aurigas y gladiadores que se habían hecho célebres en la arena y que cobraban grandes sumas de dinero por sus servicios.

Finalmente, destacar que la prostitución masculina en Roma fue tan importante que hasta el calendario romano tuvo una fiesta, la del 25 de abril, dedicada a la prostitución masculina. Este fiesta se celebraba un día después que la fiesta de las cortesanas.