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La prostitución en el Madrid de los Austrias

Más de 800. Esa es la cifra de casas públicas o prostíbulos que, según el historiador José Deleito y Piñuela, existían en Madrid durante el reinado del monarca Felipe IV. Lo cuenta en su obra La mala vida en la España de Felipe IV. En ella resalta como esa España era, de alguna manera, el fiel reflejo del carácter de su monarca. Y es que de este monarca de la Casa de Austria se sabe que, más allá de los 15 hijos legítimos a los que dio el apellido, fue padre de, al menos, ¡30 hijos bastardos! Ese carácter “fogoso” del monarca podría explicar, quizás, por qué el número de prostíbulos o mancebías existentes en la capital española se había multiplicado de esa manera desde el reinado de su padre, Felipe III. O quizás Felipe IV, más que marcar con su carácter y sus aficiones el estilo y la moralidad de un lugar y una época, eran tan solo el reflejo perfecto de la misma. Quién sabe. Al dilema del huevo o la gallina se llega desde múltiples caminos y nunca la solución al mismo estuvo clara.

Según Deleito, los hombres de cada clase social tenían en el Madrid de los Austrias sus zonas geográficas a las que desplazarse buscando los servicios de las profesionales del sexo de la época. Así, quienes buscaban los lugares y las mujeres más exclusivas (más allá de las cortesanas) acudían a lo que hoy es la calle Cervantes (allí se encontraba Las Soleras), los comerciantes y burgueses acudían a la calle Luzón o a la calle de la Montera y los más humildes se desplazaban hasta la Plaza de Alamillo, en la Morería, o hasta lo que se conocía en aquel entonces como las barranquillas de Lavapiés. Junto a estos emplazamientos, Deleito y Piñuela destaca también la existencia de la calle de la Mancebía, una calle que se encontraba entre la calle Toledo y la ronda del mismo nombre y que, como el mismo nombre de la calle indica, acogía un amplio número de casas públicas.

Y es que, lejos de estar prohibida en España durante aquellos años, la prostitución estaba legalizada y perfectamente reglamentada. Ya Felipe II, abuelo de Felipe IV, considerándola un mal menor, firmó documentos autorizando para que todas las grandes ciudades del país, y en especial aquéllas que estaban cerca de puertos y universidades, pudieran contar con una mancebía.

Al mismo tiempo que se fue autorizando la apertura de mancebías, se fue estableciendo una serie de normas que debían servir para regir el funcionamiento de dichas mancebías y regular el oficio de la prostitución en el Madrid de los Austrias. Así, la joven que deseara ejercer la prostitución en el Madrid de los Austrias:

  • Debía tener más de 12 años de edad.
  • No podía ser virgen.
  • Debía ser huérfana.
  • No podía ser noble.

Todo esto debía acreditarlo la joven ante el juez de barrio. Éste, al recibir a la joven, debía intentar convencerla de que no diera el paso de dedicarse a la prostitución. Si la plática moral utilizada para el caso no surtía efecto, el juez expedía una autorización por escrito para que la joven, finalmente, pudiera ejercerla. Una vez dentro de la mancebía, la joven era visitada de tanto en tanto por un médico que se encargaba de certificar que no padeciera ninguna enfermedad venérea. Si se detectaba algún tipo de enfermedad, se prohibía a la afectada por ejercer el oficio mientras aquélla persistiera so pena de castigos que podían llegar hasta los cien azotes.

La legislación sobre prostitución en el Madrid de los Austrias se recopiló en tiempos del ardiente Felipe IV en las llamadas Ordenanzas de Mancebía. En dichas ordenanzas llega a explicitarse cómo debían vestir las prostitutas para que, de ese modo, no pudieran ser confundidas con el resto de mujeres. Según dichas ordenanzas, las prostitutas que ejercían su profesión en aquellos años debían vestir mantillas negras o medios mantos, ya que el manto entero estaba reservado para las mujeres “honradas”.

Esta normativa, en el fondo, servía para dejar constancia de hasta qué punto la sociedad podía ser hipócrita (como tantas y tantas veces lo ha sido a lo largo de la historia) con el tema de la prostitución. Así, si en tiempos de Felipe II se les llegó a prohibir el acudir a procesiones para que las mujeres “decentes” no corrieran el riesgo de ser confundidas con ellas; en tiempos de Felipe IV se consideraba a los dueños y dueñas de los burdeles “personas de bien”, mientras se mantenía el estigma sobre las prostitutas.

Otro de los ejemplos que demostraban hasta qué punto estaba extendida la prostitución en el Madrid de los Austrias y hasta qué punto la sociedad de la época mantenía una actitud hipócrita hacia la misma tiene que ver con la existencia de las llamadas “tusonas” o “damas del Tusón”, nombre que hacía referencia a la Orden del Toisón de Oro. Con ese nombre se conocía a las mujeres que ejercían la prostitución de lujo, las cortesanas que vivían a costa de aristócratas que, aunque casados, las amancebaban durante varios años conociendo tal extremo, incluso, sus esposas. Éstas, haciendo lo que común y popularmente se conoce como “la vista gorda”, consentían dichas relaciones mientras se consideraban moralmente superiores a las mujeres amancebadas.

Los “excesos libertinos” de la sociedad madrileña y la relajación de las costumbres en tiempos de Felipe IV llevaron a la Iglesia a presionar al Rey para que tomara cartas en el asunto. Una de las medidas, impulsada por el Conde-Duque de Olivares, consistió en unificar los burdeles en la calle Mayor. Después, en vistas de que tal medida no daba resultado, se intentaron suprimir todos los burdeles existentes en Madrid. Pero como la Historia ha demostrado una y otra vez, esconder un problema no sirve para arreglarlo. En el caso de la prostitución en el Madrid de los Austrias, ésta se dispersó por toda la ciudad y por sus arrabales pero, lógicamente, no desapareció. Seguramente se degradó, pero no desapareció.