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¿Cómo era la prostitución durante la Edad Media?

Si algún período histórico aparece ante nuestros ojos cargado de tópicos ése es el de la Edad Media. A la Edad Media la imaginamos inevitablemente como un tiempo oscuro. Apestados por las calles, sermones furibundos desde los púlpitos, guerras sin cuartel entre caballeros encelados, ciegos cantando romances por las plazas de los pueblos… todo eso forma parte del mito que hemos creado alrededor de la Edad Media. Y los mitos, no hay que olvidarlo, son, en muchas ocasiones, enemigos directos de la verdad histórica.

Para empezar, hay que entender que hay muchas edades medias dentro de la Edad Media. No en vano, la Edad Media se prolongó durante diez siglos: justos los que van desde la caída del Imperio Romano hasta el descubrimiento de América. Muchos siglos, sin duda, para concebirlos como un todo homogéneo y sin matices. La matización exige siempre más esfuerzos que la generalización y el ser humano, por comodidad, tiende mayoritariamente a la segunda. Por eso los estereotipos hacen tanta fortuna entre nosotros.

Desmontando mitos

Una exposición realizada hace un tiempo en París sobre “el amor cortés” sirvió para desmontar algunos de esos estereotipos y para mostrar cómo las prácticas sexuales durante la Edad Media no son exactamente tal y como tendemos a imaginarlas.

Por ejemplo: no es cierto que los matrimonios durante la Edad Media fueran precoces. Los hombres debían reunir la dote suficiente para pagar la boda, y eso requería su tiempo. Otro ejemplo: el celibato eclesiástico estuvo en cuestión en el seno mismo de la Iglesia. De hecho, fue motivo de discusión en más de un concilio y en estos días, cuando empieza a resultar complejo para la Iglesia católica encontrar vocaciones, se vuelve a hablar y a discutir sobre el fin del celibato como condición indispensable para acceder al sacerdocio.

La citada exposición parisina sirvió también para matizar algunas ideas que nos hacen asociar cristianismo con represión sexual. Si es cierto que la Iglesia clamó contra toda práctica sexual que no persiguiera la procreación y sólo validó para ello una única postura sexual, el célebre y mítico misionero, también lo es que fue la llegada del protestantismo tras la Reforma luterana la que exacerbó la persecución contra todo lo sexual. Es decir: Lutero no fue en la práctica más condescendiente con el sexo no procreativo que lo que lo fueron los Papas de Roma.

Por otro lado, la mencionada exposición de la capital francesa sobre el amor cortés sirvió también para dejar constancia de que la Iglesia consentía el ejercicio de la prostitución femenina a pesar de su condena moral sobre ella. Para la Iglesia, la prostitución durante la Edad Media no sólo era una importante actividad económica que proveía de ingresos a la municipalidad, sino también un oficio de “salubridad pública”. La existencia de la prostitución durante la Edad Media serviría, para quienes consentían con su existencia y aplaudían el hecho de que existiera un buen número de prostitutas en las calles y en los prostíbulos medievales, para impedir violaciones, ¡relaciones homosexuales! y, también, flirteos con mujeres casadas. El argumento de estos defensores de la prostitución de la Edad Media era tan directo como meridiano: ¿para qué buscarse querellas con maridos ofendidos quien puede gozar del placer sexual proporcionado por una profesional del mismo?

Sólo hacia mediados del siglo XIII se intentó, en Francia, suprimirla. Lo hizo Luis IX, el monarca que acabaría convertido en San Luis. La primera medida impulsada por el santo monarca francés fue expulsar a las prostitutas de las “calles bien” de Toulouse al tiempo que limitaba aún más sus ya de por sí escasos derechos civiles. Otra de las medidas impulsadas por Luis IX fue la de prohibir que las prostitutas pudieran tocar los productos en el mercado.

El hecho de que se prohibiera a las prostitutas de la Edad Media el ejercicio de su profesión o su presencia en las que hemos denominado “calles bien” hizo que aquéllas marcharan a los arrabales de la ciudad. En la mayor parte de las ciudades se las fue obligando progresivamente a permanecer extramuros o alejadas del centro urbano. Así se fueron determinando poco a poco en qué zonas debían establecerse las prostitutas y, por tanto, los prostíbulos.

Prostíbulos durante la Edad Media

El prostíbulo durante la Edad Media era un local financiado a menudo por la comunidad y arrendado a una abadesa o a un gerente que se encargaban de reclutar nuevas prostitutas así como de fijar las normas de comportamiento y velar por su cumplimiento. Así mismo, las autoridades ordenaban que algún médico visitara periódicamente el burdel para, así, evitar en la medida de los posible que las enfermedades de transmisión sexual proliferaran.

Los burdeles de la Edad Media poseían en algunas ocasiones estancias para que los clientes comieran y bebieran. Estas estancias acostumbraban a estar al lado de aquéllas en las que se realizaban los servicios eróticos.

Junto a los burdeles públicos existían también durante la Edad Media lo que se conocía como casas de tolerancia, baños públicos en los que existían “camareras” que prestaban sus servicios en habitaciones adyacentes.

Otra de las medidas impulsadas por las autoridades de la Edad Media respecto a la prostitución fue la de obligar a las prostitutas a vestirse de alguna manera que las identificara claramente como trabajadoras del sexo y que, lógicamente, sirviera para diferenciarlas claramente y a primer golpe de vista de las “mujeres honradas”. Esto no era nuevo. Ya hemos visto que algo semejante sucedía en la Antigua Roma o en la Antigua Grecia. Durante la Edad Media, esa manera diferencial de identificarse por la ropa podía ir desde el uso de faldas púrpuras, a los adornos de cintas rojas en la cabeza, a las mantillas cortas… En Florencia, por ejemplo, las prostitutas debían llevar guantes y campanas en sus sombreros.

Prostituciones durante la Edad Media

De la Edad Media nos han llegado un sinfín de palabras y expresiones que han servido o que, cuanto menos, sirvieron en su momento para definir a la trabajadora del sexo. Pendenga, moza del partido, dama de medio manto, cantonera, soldadera, bagasa, barragana o buscona son algunas de esas palabras que hacen referencia a mujeres que podían ejercer la prostitución de maneras muy diversas.

Creemos que lo hemos señalado en alguna ocasión: nunca, en ningún momento de la Historia, se debería hablar de prostitución. Siempre sería más correcto hablar de prostituciones. Y es que, también hoy, hay modos muy diferentes de ejercer la prostitución. Así, la historia de la prostitución durante la Edad Media es la historia de muchos tipos de prostitutas. Unas de ellas ejercían su oficio en las ciudades; otras, en el campo; unas recogidas en prostíbulos, otras, a cielo abierto.

Un tipo de prostituta muy común durante la Edad Media era aquélla que contaba con una intermediaria muy especial: la alcahueta. La alcahueta, ese personaje que nunca podremos desligar del personaje literario de la Celestina, podía tener a su disposición a tres o cuatro chicas para ofrecerla a aquellos caballeros que le reclamaran los servicios de una prostituta o podía, también, brindar su casa o algún espacio de ella para que en ella ejercieran prostitutas que, de alguna manera, iban por libre y ejercían de concubinas de un cliente en exclusiva o, en algunos casos, de varios clientes. No era descabellado que alguna de estas prostitutas de la Edad Media que iban por libre gozaran, finalmente, de algún tipo de protección oficial o privada. Hay que tener en cuenta que, después de todo, en un oficio con tanta competencia, no era extraño el plantearse seriamente la posibilidad de que la prostituta que iba por libre pudiera sufrir algún tipo de represalia.