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¿Cómo era la prostitución en la Antigua Roma?

Si alguna etapa histórica permanece anclada en el imaginario de muchas personas como ejemplo perfecto de sociedad en la que el sexo adquiere una importancia capital ésa es la del Imperio Romano. Desde libros como Los doce césares de Suetonio hasta películas como Calígula, dirigida por Tinto Brass, pasando por series televisivas como Roma, en la que aparecen numerosas escenas eróticas, son muchas las referencias culturales que nos han hecho pensar en la Antigua Roma como en una sociedad entregada a la disipación y al gozo sexual.

Decir Roma es, para muchas personas, decir bacanal y decir bacanal es decir orgía, liberalidad absoluta y sensualidad desbordada. Pero por experiencia sabemos que una cosa es lo que el cine y la televisión nos dicen sobre un tiempo histórico determinado y otra muy distinta lo que en verdad ese tiempo fue. Así, por ejemplo, ¿qué sabemos de cómo era la prostitución en la Antigua Roma? ¿Su ejercicio era muy parecido, pongamos por caso, al ejercicio actual de la prostitución?

La doble moral respecto a la prostitución

Lo primero que hay que decir de la prostitución en la Antigua Roma es que se consideraba una actividad completamente integrada en la vida social. Tanto, que hasta hay fuentes que han llegado a apuntar que, durante el primer siglo de nuestra era, en Roma ejercían la prostitución unas 32.000 mujeres. Desde la visión práctica romana, la prostitución era una garantía para la estabilidad matrimonial. Gracias a la existencia de las profesionales, ningún hombre intentaría “picotear en corral ajeno”. Autores clásicos como Horacio, Valerio Máximo, Terencio o Catón, entre otros, loan en algunos de sus textos la función que la prostitución cumplía en una sociedad fundamentalmente machista y patriarcal en la que la mujer del César no sólo debía ser honrada sino, además, parecerlo, y en el que la presunta infidelidad de la esposa era motivo suficiente para justificar su repudio por parte del marido.

¿Quiere esto decir que la prostituta era contemplada con aprecio en la Antigua Roma? No. Ni mucho menos. Que las prostitutas de la Antigua Roma pudieran ejercer su profesión sin ser detenidas por ello no quiere decir que fueran bien vistas. Como tantas otras sociedades hipócritas a lo largo de la Historia, la sociedad de la Antigua Roma aplaudía la función desempeñada por la prostitución pero despreciaba a las prostitutas incluyéndolas socialmente en el grupo de los gladiadores, los condenados, los actores… Como si la prostitución pudiera existir sin las prostitutas, se aplaudía la utilidad de aquélla mientras se obligaba a éstas a vestir de manera que no pudiera confundirlas con matronas.

Las prostitutas en la Antigua Roma debían llevar una túnica corta y el pelo suelto (en algún tiempo, incluso, se las obligó a ir descalzas), no podía casarse con un ciudadano romano, carecían de derechos cívicos (eran consideradas “infames”), debían desplazarse siempre a pie (no podían usar carros, carrozas ni literas), no podían mezclarse con el resto de creyentes cuando se celebraban los ritos religiosos y podían ser juzgadas en los tribunales públicos, cosa que no sucedía con las “mujeres honestas”.

Llegado el Imperio, a las prostitutas de la Antigua Roma se las obligó a registrarse. En el registro debían indicar su nombre, su edad, su lugar de nacimiento, su pseudónimo (si lo iban a usar) y su tarifa. Una vez registradas, las prostitutas de la Antigua Roma recibían lo que se conocía como “licentia stupri”.

La inscripción de la prostituta en el registro implicaba el pago diario de un impuesto. Dicho impuesto era equivalente al coste de uno de los servicios prestados por la prostituta en cuestión. Es decir: para empezar a ganar dinero con el ejercicio de su profesión, la prostituta de la Antigua Roma en la época del Imperio debía, como poco, realizar dos servicios al día. Una vez registradas en el registro de prostitutas, las prostitutas de la Antigua Roma no podían borrarse, lo que implicaba que ni ella ni sus descendientes podrían, en el futuro, casarse.

Tipos de prostitutas en la Antigua Roma

Hablar de la prostitución en la Antigua Roma es hablar de muchos tipos de prostitución. La lengua latina ha recogido decenas de términos para referirse a las prostitutas. Dependiendo de sus tarifas, de su especialidad, del lugar en el que ejerce su oficio, de su clientela o, incluso, de su belleza, una prostituta de la Antigua Roma podía ser denominada de una manera u otra. Entre los nombres más destacados que acostumbraban a utilizarse para denominar a las prostitutas de la Antigua Roma podemos encontrar los siguientes:

  • Meretrices. Prostitutas que estaban registradas en las listas públicas.
  • Delicatae. Prostitutas de lujo. La versión romana de las actuales escorts.
  • Lupae. Prostitutas que ejercían su oficio en los lupanares.
  • Noctilucae o noctivae. Prostitutas que sólo trabajaban por la noche.
  • Schanicullae. Prostitutas que trabajaban con soldados y esclavos.
  • Dorae. Un tipo de prostitutas que iban desnudas y pintadas.
  • Copae. Prostitutas que contactaban con sus clientes en la caupona, una especie de bar de comida y bebida rápida que consistía en una barra exterior, sin mesas ni butacas.
  • Bustuariae. Las que se prostituían cerca de cementerios.
  • Famosae. Mujeres que, por su posición social, practicaban sexo con múltiples hombres por puro placer. A este grupo pertenecía Mesalina, la esposa del emperador Claudio. De ella se dice que llegó a mantener relaciones sexuales con doscientos hombres en un mismo día.
  • Fornicatrices. Las que lo hacían bajo los arcos de los puentes o edificios.
  • Forariae. Las que ejercían su oficio en los caminos cercanos a Roma.
  • Fellatrix. Recibía este nombre la prostituta que, en la Antigua Roma, estaba especializada en felaciones.

Los lupanares romanos

Cuando se habla de la prostitución en Roma hay una palabra que tarde o temprano acaba acudiendo a los labios y ésa es la palabra lupanar. Imaginar los lupanares y los burdeles de la Antigua Roma es imaginar lugares de aspecto cochambroso, no demasiado limpios, con poca iluminación y escasamente ventilados en los que una cortina separaba la zona de recepción de la calle. En la zona interior existía un espacio en el que los clientes podían elegir a las prostitutas, que se exhibían ante ellos prácticamente desnudas o, como mucho, cubiertas con una especie de velo. Las prostitutas que trabajaban en los burdeles de la Antigua Roma ejercían su oficio en habitaciones interiores (“fornices”) desprovistas de cortinas o ventanas, a la vista de cualquiera que pudiera pasar ante la puerta.

Los lupanares salpicaban toda la ciudad, pero se concentraban especialmente en determinadas zonas. El barrio de la Subura, ubicado en las cuestas de las colinas del Quirinal y el Viminal, fue una de esas zonas. Los alrededores del foro y de los templos eran, también, lugares propicios para que se instalaran burdeles en la Antigua Roma.