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Guerra sexual: prostitutas para infectar a nazis

No hace demasiado dedicamos en nuestro blog un artículo a cómo los nazis militarizaron prostitutas para luchar contra las ETS durante la Segunda Guerra Mundial. En aquel artículo hablábamos de cómo el mismo Hitler, preocupado por el riesgo que las enfermedades de transmisión sexual podía suponer para el ejército, había planeado la formación de un servicio de prostitución que se concretó en la creación de dos tipos de prostíbulos: las guarniciones y los burdeles de campo.

Teniendo en nuestro recuerdo lo explicado en el párrafo anterior y todos los detalles contados en nuestro artículo “Prostitutas militarizadas: un proyecto nazi para luchar contra las ETS durante la guerra”, hoy vamos a hablar de todo lo contrario: de prostitutas infectadas de sífilis y gonorrea que, dirigidas por la espía británica Virginia Hall, debían mantener relaciones sexuales con nazis para que, de ese modo, los soldados y las autoridades militares alemanas se contagiaran de esas enfermedades de transmisión sexual.

La periodista y biógrafa Sonia Purnell ha sido la encargada de sacar a la luz esta historia. La cuenta en su libro Una mujer sin importancia. La “mujer sin importancia” no es otra que Virginia Hall, una mujer con una pierna de madera que durante mucho tiempo fue considerada tanto por la Gestapo como por Hermann Göring, jefe de la Luftwaffe, la espía más peligrosa de entre las espías enemigas del Reich.

Los alemanes pusieron precio a la cabeza de Victoria Hall. No en vano, Hall fue responsable del sabotaje de varios trenes y miembro destacado en la Francia ocupada del Special Operations Executive, el SOE, el servicio secreto británico precursor de lo que acabaría siendo el famoso M16. Fue en esa Francia ocupada donde, estableciendo su base en Lyon, Victoria Hall actuó como una de las piezas claves de la Resistencia.

Victoria Hall, con 37 años, entendió que los burdeles (asiduamente visitados por las tropas invasoras alemanas) eran un buen lugar para plantar batalla al nazismo. ¿Cómo? Introduciendo heroína en las copas de la clientela alemana, por ejemplo. Que se volvieran adictos era su objetivo. Un soldado adicto a la heroína se convertiría en un soldado incapacitado para la lucha.

Otro de los planes de Victoria Hall, apuntado al inicio de este artículo, era el de contagiar enfermedades como la gonorrea o la sífilis a los soldados que acudían a los burdeles. Para ello, Victoria Hall contó con la colaboración de Jean Rousset. Rousset era el ginecólogo encargada de certificar la salud sexual de las trabajadoras que prestaban sus servicios eróticos en aquel burdel. Haciendo la vista gorda, Rousset facilitaba el que prostitutas que padecían alguna ETS se acostaran con soldados invasores.

Más allá de estas acciones directamente relacionadas con el uso de la prostitución para combatir al enemigo, Victoria Hall, la mujer que había perdido su pierna por culpa de la gangrena tras haberse disparado por accidente un disparo en el pie con una escopeta de caza cuando era joven, organizó un hospital para ayudar a combatientes de la Resistencia heridos y ayudó a más de un aviador británico a regresar a su país proveyéndolos mientras tanto de comida y cobijo.

Para poder realizar todas esas actividades como espía en territorio ocupado, Victoria Hall, además de con la ayuda de sus conocimientos idiomáticos (hablaba inglés, francés, italiano y alemán), contó con una tapadera: la de ser reportera del New York Post.

Tras finalizar la contienda, Victoria Hall entró a formar parte de la CIA, recibiendo la Cruz del Servicio Distinguido.