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Nuevos discursos confusos sobre la prostitución

Las noticias que han ido derivándose del desmantelamiento de la red de prostitución que actuaba en la región de Murcia han servido, una vez más, para inyectar confusión al tantas veces manipulado debate sobre la prostitución. Se habla de empresarios, abogados y guardias civiles retirados que solicitaban chicas más jóvenes para que les prestaran servicios sexuales. Se habla de amplios catálogos de oferta en manos de tres mujeres que ejercían como madames. Se habla de cómo reclutaban mujeres y jóvenes en las discotecas. Y se habla, sobre todo, de prostitución infantil.

Los moralistas de turno han aprovechado la ocasión para, en nombre de la defensa de las menores prostituidas (12 menores entre 14 y 17 años), meter en el mismo saco todos los tipos de prostitución. No hace falta recalcar que estamos en contra de cualquier tipo de explotación de cualquier ser humano, máxime si ese ser humano es menor de edad, pero también lo estamos en contra de todos aquellos que, aprovechándose del horror y del rechazo que suscita el conocer lo que se ha desvelado en las investigaciones sobre la mencionada red, intentan arrimar el ascua a su sardina ideológica mientras siembran confusión sobre lo que es la prostitución y su ejercicio.

No se trata de penalizar al cliente ni, por supuesto, de acabar haciendo más arduas y complicadas las condiciones de trabajo de las trabajadoras del sexo. Se trata de regular la prostitución legalizándola y posibilitando que su ejercicio se realice en unas condiciones dignas por todas aquellas personas que, por motivaciones de uno u otro tipo, decidan ejercer libremente dicho oficio.

La trata de personas y la prostitución de menores es una cosa y el ejercicio libre de la prostitución, otra. Hay que perseguir lo primero, no lo segundo. Perseguir lo primero es perseguir la injusticia y el abuso sobre los débiles. Perseguir lo segundo, coartar la libertad de las personas para elegir un modo de ganarse la vida.