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Los mundos flotantes del Japón

Si hay una cultura y un país de contrastes ése es Japón. En Japón conviven la modernidad con la tradición y el puritanismo más exacerbado con la visión más lujuriosa y, hasta cierto punto, excéntrica, de lo que es el sexo. Por eso, a la vista de las imágenes shunga, esas delicadas ilustraciones del período Edo que muestran escenas que oscilan entre la sensualidad y la pornografía, podemos dejarnos arrastrar por la idea de concebir el Japón de aquellos tiempos un Japón licencioso y lúbrico que vivía para y por el sexo. Y no: Japón no era (o no lo era totalmente) aquello que mostraban aquellas ilustraciones.

En la formación del concepto de lo moral del Japón del que hablamos confluían tres corrientes religiosas: budismo, sintoísmo y confucionismo. Las dos primeras permitían una cierta relajación moral y, por tanto, fomentaban, hasta cierto punto, una relativa permisividad sexual. El confucionismo, por su parte, era mucho más conservador y menos dado, por decirlo de alguna manera, a las “alegrías de la carne”. Por eso se preocupó de imponer un férreo control moral sobre la sociedad, lo que no impidió que, al igual que ha sucedido a lo largo de la historia en otros lugares, se abrieran en el muro de la moral confucionista grietas por las que se podían observar realidades distintas, actividades y mundos que escapaban a ese control y que se lanzaban de lleno al disfrute de los placeres y al ensalzamiento del hedonismo más desatado.

Unas de esas islas de libertad y hedonismo que se podían encontrar en la sociedad japonesa de la época son los llamados mundos flotantes. Los mundos flotantes eran, por decirlo de algún modo, barrios de placer en los que las nuevas y pujantes clases urbanas niponas encontraban la libertad que la vieja aristocracia militar le negaba.

El período Edo

Cuando hablamos del período Edo lo hablamos de un período histórico de unos dos siglos y medio. Durante ese tiempo, Japón está gobernada por un gobierno militar que, aparte de dar gran estabilidad interna al país, lo mantuvo aislado de contactos con el exterior.

La sociedad del período Edo era una sociedad fuertemente estratificada en la que podían distinguirse cuatro clases sociales fundamentales: samurais, campesinos, artesanos y comerciantes. A estas cuatro clases se sumaban dos: la nobleza y la familia imperial por un lado, y los marginados y parias por el otro. De entre todas estas clases queremos distinguir a los artesanos y comerciantes. ¿Por qué? Porque ellos fueron los impulsores, en buena medida, de gran parte del arte y de la cultura japonesa. Y ellos fueron también los que financiaron la creación de un mundo que, quedando fuera de los férreos usos sociales impuestos por la alianza que se había establecido entre la nobleza y las ideas confucionistas, debía servir para escapar a un estilo de vida no deseado. Ese mundo sería el de los llamados mundos flotantes.

En los mundos flotantes, los comerciantes japoneses del período Edo podían disfrutar de actuaciones musicales, obras de teatro, debates filosóficos, concursos de poesía y, por supuesto, del sexo y el erotismo.

Así, gracias al impulso de estas clases sociales pujantes, en cada ciudad de mediana importancia empezaron a aparecer distritos del placer, barrios que se dedicaban a las actividades antes indicadas. En estos barrios, que solían estar emplazados en las afueras de las ciudades, había locales de luchas de sumo, teatros kabukis, casas de té y, cómo no, prostíbulos.

Las prostitutas de los mundos flotantes

Las tres ciudades principales de Japón, Kioto, Osaka y Edo no tardaron en tener su propio distrito del placer, su propio mundo flotante. Yoshiwara, Shimabara y Shinmachi, fueron, respectivamente, los mundos flotantes de Edo, Kioto y Osaka.

En los mundos flotantes se congregaron geishas, pintores, músicos, actores, poetas y cortesanas, niñas y mujeres que o bien habían sido vendidas por sus familias o bien eran víctimas de las hambrunas y que estaban condenadas a vivir en la servidumbre y de la prostitución. Hay datos que hablan de cómo, al final del siglo XVIII, más de cuatro mil mujeres ejercían la prostitución en el mundo flotante de Yoshiwara.

Las prostitutas de los mundos flotantes de las ciudades japonesas del período Edo se iniciaban en el ejercicio de la prostitución cuando eran niñas, a los 7 u 8 años. A esa edad, estas niñas se encargaban de las tareas cotidianas del prostíbulo y ejercían de asistentas de las cortesanas más veteranas. Mientras hacían eso, aprendían las artes del oficio. Si la niña acababa destacando por su belleza o por sus aptitudes artísticas, se iniciaba, allá por sus 11 ó 12 años, su formación como cortesana de lujo.

Para estas mujeres resultaba muy difícil dejar el oficio. Por un lado, parte de sus ganancias se descontaba del dinero que, en el caso de haber sido vendidas por sus familias, el proxeneta había pagado a éstas. Por otro, se descontaba lo que el burdel gastaba en su manutención o en proporcionarle la ropa que había de servir a la prostituta para destacar entre las demás. Y los kimonos y los productos de maquillaje no eran, en modo alguno, baratos.

En los mundos flotantes se podían encontrar prostitutas para todo tipo de bolsillos. Se podían contratar prostitutas de bajo rango que ejercían su profesión en la clandestinidad, ofreciendo servicios rápidos y económicos en tabernas o en hogares pobres ubicados a las afueras de las ciudades y prostitutas de alto rango, cortesanas de lujo que recibían el nombre de “oiran” o “tayu”, meretrices de lujo que, más allá de por su belleza física, destacaban por su talento artístico y/o culinario. Estas prostitutas de lujo sabían cantar, danzar, recitar… y sabían, sobre todo, dar conversación.

Entre las prostitutas de bajo rango y las “oiran” y las “tayu” se encontraban aquéllas que prestaban sus servicios en una casa de té o en un prostíbulo. Estas prostitutas esperaban la llegada de los clientes sentadas en un salón con celosía. A través de dicha celosía, los clientes contemplaban a las prostitutas ofrecidas y elegían entre ellas.