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Mujeres de solaz: el drama de 200.000 esclavas sexuales

Las conmemoraciones del 70 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial han traído a la palestra un nombre injustamente olvidado, el de las “mujeres de solaz”. Con este nombre se conoce a aquéllas mujeres que, secuestradas por el ejército japonés, eran recluidas en centros en los que eran obligadas a prostituirse y a satisfacer las necesidades y los caprichos sexuales de los combatientes japoneses.

Lógicamente, no parece muy apropiado hablar aquí de prostitución y sí de esclavas sexuales que padecían violaciones reiteradas un día tras otro y cuando apenas habían salido de la infancia. De entre 12 y 16 años, así era la mayor parte de estas “mujeres de solaz” que los soldados japoneses secuestraban en China, Corea y en otros países del sudeste asiático.

En varios de esos países existen asociaciones que, con el respaldo de organizaciones internacionales como Amnistía Internacional, exigen al gobierno nipón el reconocimiento de dichas atrocidades, algo a lo que el gobierno japonés se niega. El disponer de un contingente de esclavas sexuales a disposición del estamento militar para, en teoría, evitar violaciones, era una tradición prácticamente heredada de la época samurái. Esta tradición, documentada y directamente relacionada con el drama masivo de las “mujeres de solaz“, no impide que el gobierno japonés se niegue a aceptar completamente una ignominia semejante.

Se habla de unas 200.000 mujeres menores de 20 años obligadas a formar parte de una red más o menos organizada de “esclavitud sexual militar” que, en muchos casos, hizo que muchas de estas mujeres, obligadas a mantener relaciones sexuales sin preservativo, contrajeran todo tipo de enfermedades venéreas. A consecuencia de estas enfermedades, a más de una mujer que contrajo la sífilis tuvieron que extirparle los ovarios. Después de todo, las “mujeres de solaz” trabajaban en lugares inadecuados, antihigiénicos y con muy poca atención médica. El intento de fuga era castigado de la pena capital. Hay organizaciones que hablan de un porcentaje de entre 75 y 95% de dichas mujeres muertas durante la guerra por distintas razones.

Todo este horror fue conocido a partir de agosto de 1991, cuando Him Hak-soon, una mujer de 74 años, decidió hacer pública su experiencia. Ya no le quedaban familiares vivos y eso la impulsó a contar la terrible verdad de su pasado. Su confesión supuso el pistoletazo de salida para muchas otras confesiones, entre ellas, por ejemplo, la de Kim Bok-dong, una mujer surcoreana secuestrada por las tropas japonesas en 1940 y usada como esclava sexual unas 15 veces al día entre semana y alrededor de cincuenta los fines de semana durante cinco años y en burdeles de varios países del sudeste asiático.

Lógicamente, ninguna de estas experiencias narradas por las diferentes “mujeres de solaz” tiene que ver ni con la prostitución ni muchísimo menos con su libre ejercicio, pero desde este punto de encuentro de mujeres que optan libremente por ejercer una profesión tan digna como cualquier otra no podemos dejar pasar la ocasión de, aprovechando una efemérides tan señalada como es el 70 aniversario de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, rendir homenaje a todas aquellas mujeres que en su momento fueron convertidas en esclavas sexuales. Para todas ellas nuestro más profundo respeto.