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Mancebías y casas de corrección: las dos caras de la prostitución durante la Edad Moderna

En un post anterior que podríamos incluir en la serie de ellos que venimos dedicando en este blog a la historia de la prostitución hablábamos de la cortesanas venecianas y aprovechábamos la ocasión para acercarnos a algunas de las características propias del ejercicio de la prostitución durante la Edad Moderna. Hablábamos allí de cómo se había producido un cambio moral en el seno de las sociedades occidentales y a consecuencia del movimiento contrarreformista surgido del Concilio de Trento y de cómo dicho cambio moral había hecho de la Edad Moderna un tiempo histórico mucho menos tolerante con la prostitución y su ejercicio de lo que lo había sido la Edad Media. En cierto modo, decíamos, se había empezado a desmoronar la idea de concebir la prostitución como un “mal necesario”. La nueva era, fue, pues un tiempo de reglamentación.

Reglamentación y mancebías

En la Edad Moderna se introdujeron, entre otras, una serie de regulaciones que tenían la finalidad principal de luchar contra el contagio de enfermedades de transmisión sexual. El que la sífilis se convirtiera a inicios de la Edad Moderna en un azote social (la plaga de sífilis a finales del siglo XV fue especialmente cruda) ayudó a “criminalizar” la imagen de la prostituta. La prostituta (y, sobre todo, la prostituta de baja extracción social y que ejercía su oficio en la calle o en lupanares de poco prestigio) era vista como la principal responsable de la masiva transmisión venérea y ella fue, principalmente, quien tuvo que cargar con el sambenito de la culpa.

Vigilar el estado de salud de las prostitutas que ejercían su oficio en las mancebías se convirtió en una de las preocupaciones principales de las autoridades. En ciudades españolas en franco desarrollo como podía ser, por ejemplo, Sevilla, se crearon ordenanzas que debían servir para regular el funcionamiento de los burdeles o mancebías y que acabaron sirviendo como modelo normativo para otras ciudades.

Las reglamentaciones sevillanas sobre la prostitución, unas de las más avanzadas de la época, sobre todo en territorio español, establecían la figura del propietario o propietaria de la mancebía. Esta figura (denominada padre o, en su caso, madre) se encargaba de velar por el buen funcionamiento de la mancebía y porque las mujeres que allí ejercían su oficio dispusieran de todo lo necesario para hacerlo de la mejor manera posible. En la mancebía, la prostituta gozaba de una especie de apartamiento por la que pagaba un alquiler. En la mancebía, también, la prostituta obtenía alimentos, vestidos y, lo que era muy importante, una asistencia médica que solía realizarse una vez a la semana y que determinaba qué mujer era la que podía trabajar o la que, por el contrario, no podía hacerlo por motivos de salubridad.

Todo esto, claro, no le era concedido a las prostitutas de manera gratuita. La prostituta debía pagar todos estos servicios y el precio de los mismos no era, en modo alguno, un precio barato. La prostituta, pues, quedaba fuertemente endeudada con el padre o madre del lupanar, lo que implicaba que la prostituta quedaba prácticamente incapacitada para abandonar el burdel y a merced de su padre o madre.

Proxenetas y alcahuetas

Hablar de la historia de la prostitución implica, también, hablar de intermediarios. La historia de la prostitución no se entendería sin las figuras del proxeneta o la alcahueta. La mujer que quería iniciarse en la prostitución debía recurrir a ellos y ése era, a su vez, uno de los mejores sistemas para conseguir nuevos clientes.

Las prostitutas que ejercían su oficio en burdeles o mancebías no necesitaban de la ayuda de proxenetas o alcahuetas para conseguir clientes. Sí los necesitaban, por el contrario, las prostitutas que ejercían su profesión en las calles o, mejor dicho, fuera del recinto más reglamentado de la mancebía.

La alcahueta, que en la inmensa mayoría de los casos había sido prostituta, contactaba con muchachas jóvenes a las que convencían, con engaños o sin ellos, para iniciarse en la prostitución. Una vez iniciada en el oficio, la alcahueta mantenía a la prostituta neófita bajo su control. Ella era quien hacía de intermediaria entre hombres y prostitutas. Ella quien fijaba el lugar de encuentro y, por supuesto, el precio.

En el caso del proxeneta, la relación establecida entre la prostituta y él era algo más estrecha y, digamos, personal. El proxeneta tenía, en estos casos, un agudizado sentido de la propiedad sobre la prostituta. Él era su alcahuete, pero también su protector y su pareja. El proxenetismo es, sin duda, un fenómeno inherente a la historia de la prostitución.

Las autoridades de la Edad Moderna tuvieron un gran empeño: confinar el ejercicio de la prostitución a las cuatro paredes de los burdeles oficiales. Este empeño era fruto no sólo de una voluntad “moral”. Este empeño era fruto de una voluntad claramente recaudatoria. El negocio de la prostitución era un negocio fructífero y los incipientes Estados encontraron en la prostitución durante la Edad Moderna una doble fuente de ingresos. Por un lado, las autoridades podían recaudar dinero de las rentas producidas por los burdeles. Por otro, podían recaudarlo de las multas de quienes se beneficiaban, de un modo u otro, de la prostitución clandestina.

Entre las multas impuestas destacaban las que se imponían a proxenetas y alcahuetas, esto es, las destinadas a sancionar a todas aquellas personas que, de una manera u otra, competían con el lupanar oficial.

Hay que pensar que las mancebías podían ser propiedad del rey, del señor, de un concejo, etc. Lo habitual, sin embargo, es que la mancebía funcionara en régimen de arrendamiento. Es decir: el encargado de hacer funcionar el lupanar pagaba una renta por él. Gracias a eso se conseguía que el nombre del propietario real permaneciera en el anonimato. Los beneficios, así, podían ir a manos de la monarquía, los poderes urbanos o, incluso, los poderes eclesiásticos que, de manera hipócrita y desde los púlpitos, clamaban contra el placer carnal en general y contra el asociado al ejercicio de la prostitución en particular.

Las casas de corrección

Los cambios morales introducidos por la Contrarreforma supusieron, también, la aparición de las llamadas casas de corrección. El objetivo de éstas era doble. Por un lado, la casa de corrección debía servir para prestar asistencia a la prostituta que deseaba abandonar el oficio. Por otro, la casa de corrección debía servir para regenerar no sólo a prostitutas, sino también a adúlteras, viudas, casadas en crisis matrimonial y, en general, a todas aquellas mujeres que, según las autoridades, pudieran atentar de una manera u otra contra la moral.

Hay que decir que se desconoce con exactitud el porcentaje de mujeres que llegaban a las casas de corrección por voluntad propia o por imposición de las autoridades. Sin duda, la reclusión de las prostitutas clandestinas para que no compitieran con el burdel “público” u “oficial” fue una práctica habitual y muy extendida. Como extendida estaba la costumbre de recluir a las prostitutas en estas casas de corrección cuando llegaban fechas de gran simbolismo moral como podía ser, por ejemplo, la Semana Santa.

El mecanismo de funcionamiento de las casas de corrección (llamadas también casas de penitentes) giraba en torno a dos ejes: penitencia y aprendizaje laboral. En cierto modo, estas casas de corrección funcionaban como si fueran un monasterio. La jornada se estructuraba para que pudiera dedicarse tiempo a la oración, la penitencia y el trabajo. Tras el proceso de reinserción, la “arrepentida” podía optar por tres caminos: la vida monacal, el servicio doméstico y el matrimonio. Éste último era, sin duda, el camino más difícil de seguir. No en vano, para casarse era preciso hacerse con una dote, y esto no solía estar al alcance de las “arrepentidas”.

El fin de los burdeles públicos

Con el paso del tiempo y conforme fueron enraizando los principios de la Contrarreforma, la presión contra la prostitución tanto oficial como clandestina se hizo más fuerte y los burdeles públicos comenzaron, poco a poco, en convertirse en objetivo de la lucha de los defensores de la moral. La Compañía de Jesús se implicó en la lucha contra los burdeles: se impedía que entraran clientes, se iniciaron asaltos a algunos de ellos…

En 1623, en España, Felipe IV lanzó un edicto mediante el cual se decidía que las “casas de abominación” de todo el Reino de España debían ser clausuradas. Eso supuso el fin de los burdeles públicos tal y como se habían conocido hasta entonces y el significativo aumento de la prostitución callejera. Por otro lado, la prostitución en ventas, tabernas, posadas, casas particulares y burdeles no legales siguió existiendo, aunque de manera mucho más disimulada.