Sexhop Online

Se expone una vidriera erótica del mítico burdel barcelonés Madame Petit

Todas las ciudades tienen dos Historias. Una es la que aparece en los manuales, la que habla de fundaciones, murallas, alcaldes, etc. La otra es la pequeña historia de su vida diaria, la de sus mercados y cafeterías, la de sus parques, la de sus tiendas, la de sus viejos cines de reestreno que fueron desapareciendo y fueron derribados para construir sobre sus ruinas bancos y edificios… Esta pequeña historia es la que podemos encontrar en los artículos de esos maravillosos cronistas que, ejerciendo una especie de periodismo de la melancolía, se empeñan en rescatar del olvido pequeñas anécdotas, viejas fotografías, personajes que hoy forman parte del ayer pero que en su momento contribuyeron a dar a la ciudad su propia personalidad y su propio aire.

De entre todos esos lugares que dan a cada ciudad su propia personalidad no hay que olvidar, nunca, los prostíbulos. Un burdel es algo así como un faro en mitad de la noche. Y Barcelona ha sido (y es) ciudad de muchos faros. Como buena ciudad portuaria, Barcelona es pródiga en amores de alquiler y nunca han faltado burdeles. Algún escritor llegó a decir que Barcelona era la “ciudad-burdel”. Y es que los prostíbulos salpicaban toda la ciudad. Algunos de ellos se volvieron míticos. Entre todos esos prostíbulos míticos de Barcelona destaca con letras de oro el burdel Madame Petit.

Tras abrir sus puertas aproximadamente cuando se celebró la Exposición Universal de Barcelona de 1888, Madame Petit vivió sus mejores días durante la Primera Guerra Mundial. En aquel tiempo, siendo España, como era, país neutral, Barcelona se convirtió en refugio de muchos capitales y centro de muchos negocios. Moviéndose dinero como se movía en aquel momento en la ciudad, fueron muchas las trabajadoras del sexo que se desplazaron a la Ciudad Condal para ganarse la vida. Y Madame Petit se convirtió en uno de los centros más prestigiosos del vicio barcelonés.

Las crónicas hablan de servicios de sadomasoquismo, de camas redondas, de tríos, de proyecciones de cine pornográfico, de disfraces para juegos de rol, de la posibilidad de dar rienda suelta a la zoofilia haciéndoselo ¡con una cabra!… Y la rumorología popular habla que fue en Madame Petit donde se instaló uno de los primeros bidés de la ciudad. Y es que en Madame Petit no faltaba de nada. Por tener, Madame Petit tenía hasta su propia moneda, acuñada para pagar los servicios sexuales y que se cambiaban al entrar en el burdel. En el reverso de las monedas figuraba la leyenda “Venus Urania Príapo”. Venus Urania es, en el pensamiento gnóstico, uno de los cuatro tipos de mujer: el que se ocupaba de que el amante se sintiera superior. Príapo, por su parte, era un dios griego de la fertilidad. Al final del día, las prostitutas devolvían las fichas que habían conseguido acumular durante el día y se les pagaba en virtud de ello. Este sistema, que también existía en otros prostíbulos de la época (La Sevillana o Madame Rita entre ellos), permitía saber quiénes eran las chicas que ofrecían más beneficios al negocio.

Del glamour a la decadencia

Pero… ¿cómo era por dentro el burdel Madame Petit? En primer lugar hay que decir que Madame Petit ocupaba todo el edificio. En la entrada sólo figuraba un pequeño letrero en el que podía leerse “Petit”. Todas las plantas del edificio estaban conectadas por un ascensor. Ramon Draper, autor de la obra Guía de la prostitución femenina en Barcelona, habla en dicha obra de un salón lujoso y con un techo decorado con pinturas que representaban escenas sexuales. El espacio que ocupaba el salón estaba rodeado de columnas con figuras femeninas y de pequeños palcos desde los que los clientes podían escoger a la prostituta que les gustase. Aparte de este salón, general, existía un salón algo más privado, que estaba reservado para los clientes más ricos. Era en ese salón donde se representaban escenas pornográficas y todo tipo de perversiones.

En Madame Petit se podía disfrutar también de servicios de escenas lésbicas y de servicios de prostitución para homosexuales. En sus momentos de mayor esplendor Madame Petit contó con una cincuentena de pupilas. Éstas solían trabajar un máximo de dos años en el local, que presumía así de renovar su plantilla continuamente y de ofrecer caras nuevas a su clientela. La mayor parte de esta plantilla estaba formada por mujeres que habían llegado de Europa o de Sudamérica.

El estallido de la guerra civil y el establecimiento del régimen franquista marcó el principio del fin de Madame Petit. Lo que había sido un local que destacaba por su limpieza (sábanas, fundas de almohada, etc. se cambiaban tras cada servicio, algo que no sucedía en todos los prostíbulos) empezó a volverse un local sórdido y sucio, muy alejado del glamour de los viejos tiempos. Las cortinas estaban sucias y destrozadas y los viejos y lujosos muebles habían sido sustituidos por un cuantas sillas destartaladas y unos cuantos taburetes colocados de cualquier manera. Sí: Madame Petit también había perdido la guerra. Las prostitutas ya no eran aquellas jóvenes que habían llegado de Europa siguiendo la estela que siempre deja el dinero. A principios de los cincuenta, en los grises cincuenta de la Barcelona franquista, las prostitutas eran prostitutas “gordas y viejas, a menudo embarazadas, vestidas con harapos de supuesta seda brillante que dejaban ver unas tetas caídas y unas piernas garabateadas de venas y varices”. Esta descripción, tan plástica como triste, la firma Carlos Barral en su obra Años de penitencia.

El fin de Madame Petit llegó cuando, en 1956, la legislación franquista “abolió” la prostitución. El mítico prostíbulo que había echado a andar cuando pabellones de todo el mundo habían ocupado todo el espacio que va desde el Arc del Triomf hasta el Parc de la Ciutadella (incluyendo a éste) fue clausurado y convertido en una pensión. Esta pensión era la pensión Los Arcos. A finales de los 90 el edificio fue derribado. De él se salvaron algunas cosas, entre ellas, un par de vidrieras del año 1933 con escenas eróticas que pertenecieron al Madame Petit y que han permanecido en un almacén del Museu d’Història de Barcelona (MUHBA).

Las vidrieras de Madame Petit que han sobrevivido al tiempo y la picota son vidrieras de estilo modernista y muestran escenas mundanas protagonizadas por mujeres desnudas o muy ligeras de ropa. Estas mujeres bailan con marabúes o boas de plumas. El marabú, de entre las prendas eróticas, es una de las más populares. No en vano, el marabú sirve para juguetear con la desnudez. Pocas cosas mejores que un marabú para jugar a ahora te enseño, ahora no.

Una de esas vidrieras del Madame Petit es la que se ha expuesto en Vil·la Joana, la finca en la que murió el poeta Mossèn Cinto Verdaguer y que se halla ubicada entre Vallvidrera y Les Planes, a las afueras de Barcelona, en la sierra de Collserola. Esta antigua masía, que en la actualidad pertenece al MUHBA, sirve para recordar al poeta fallecido en 1902 y también para actuar como Casa de la Literatura de la ciudad de Barcelona. Es en tan extraño lugar, dedicado a la literatura y a la memoria de un escritor que, además de poeta, fue sacerdote, donde al final puede contemplarse una de las famosas vidrieras del mítico burdel.