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prostíbulo de Pompeya

El lupanar de Pompeya

El 24 de agosto del año 79 (aunque recientes estudios apuntan a que pudo suceder más bien el 24 de octubre), la lava y las cenizas escupidas por el volcán Vesubio sepultaba la ciudad de Pompeya, cercana a Nápoles y ubicada a sus pies. En 1748, diez años después de que se descubriera la también sepultada ciudad de Herculano, se descubrieron las ruinas de una ciudad en la que, se dice, el comercio sexual estaba a la orden del día.

Las sucesivas excavaciones que se realizaron de la ciudad de Pompeya permitieron desenterrar sus calles, así como un buen número de edificios que se habían mantenido en perfecto estado de conservación. Así, en Pompeya se descubrieron cofres, pinturas murales, baños, villas e, incluso, víctimas que fallecieron en su mayoría (algunas se suicidaron) víctimas de lo que se conoce como flujo piroclástico y que viene a ser una especie de nube ardiente que, formada por gases volcánicos calientes, materiales sólidos y aire concentrado y atrapado, se desplaza a ras de suelo arrasándolo todo a su paso.

Las excavaciones que se han realizado desde que Pompeya fue redescubierta permitieron también desenterrar lo que se conoce con el nombre de “el lupanar de Pompeya”.

Ubicado en la zona más antigua de la ciudad, cerca de donde estaban los baños, las tabernas y las posadas, el prostíbulo de Pompeya se identifica como tal por las escenas eróticas que el visitante puede observar pintadas en los dinteles de las puertas. Al decir de los estudiosos, cada una de esas pinturas tenía un propósito más informativo que decorativo. Con ellas, lo que se pretendía explicar es que la meretriz que ofrecía sus servicios eróticos en aquel cuarto en concreto tenía como “especialidad erótica” el acto que aparecía reflejado en el fresco pintado en la parte superior de la puerta que daba acceso a dicho cuarto.

En las paredes del lupanar de Pompeya, además, se han encontrado grafitis e inscripciones realizadas bien por los clientes, bien por las chicas que trabajaban en él. Gracias a algunas de esas inscripciones se puede conocer el nombre de algunas de las prostitutas que prestaban allí sus servicios y que, muy probablemente, estaban sujetas a la misma reglamentación a la que estaban sometidas las prostitutas que intentaban ganarse la vida en los lupanares de Roma.

Las mujeres que trabajaban en el prostíbulo de Pompeya, al igual que las mujeres que ejercían la prostitución en los prostíbulos de la capital del Imperio, debían registrarse legalmente, debían pagar impuestos y debían, por encima de todo, seguir unas normas que, en la calle, permitiera diferenciarlas de otras mujeres. Para salir a la calle debían vestir una túnica color rojizo y debían, también, llevar el cabello teñido. Aquéllas que no se teñían el cabello, al salir a la calle se ponían pelucas, habitualmente de color rojo, aunque también podían ser rubias.

Las camas del lupanar de Pompeya no eran de madera, sino de ladrillos, y estaban pegadas a la pared. Sobre esas camas se colocaba un colchón y era ahí, sobre ese colchón, sobre el que las prostitutas del burdel de Pompeya trabajaban. En las calles de Pompeya, sin embargo, los hombres que buscaran servicios eróticos podían encontrar prostitutas más baratas que en el lupanar, ya que había camareras, floristas o taberneras que, merced al ejercicio de la prostitución, podían extraerse lo que hoy recibiría el nombre de “sobresueldo”, y que acostumbraban a tener tarifas más baratas que aquellas que trabajaban en el lupanar.

El lupanar de Pompeya tenía diez cuartos, cinco ubicados en la planta baja y cinco en la parte superior. Las habitaciones del primer piso son de mayor tamaño que las de la planta baja. Diferentes arqueólogos e historiadores han apuntado que muy probablemente los cuartos superiores eran utilizados por clientes de mayor poder adquisitivo. Otros estudiosos, sin embargo, han rechazado dicha idea apuntando que el lupanar de Pompeya no era, en modo alguno, un prostíbulo de lujo, sino un burdel de carácter popular. Estos estudiosos apuntan también que las personas más acomodadas de la ciudad de Pompeya en particular y de la sociedad romana en general no tenían por costumbre acudir a los prostíbulos o lupanares, ya que contaban con sus propios esclavos y esclavas para satisfacer sus necesidades sexuales.