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Breve historia de la prostitución en Madrid

En el imaginario popular de los habitantes de cualquier ciudad del mundo existe una serie de calles que remiten a pensar en prostitutas. En Madrid, algunas de esas calles son la de la Ballesta, la del Desengaño, la plaza de la Luna o la calle Loreto y Chicote, todas ellas cercanas a la Gran Vía madrileña. Durante décadas, en esas calles se ha ejercido la prostitución de manera más o menos pública. Durante décadas, las prostitutas que han ejercido su profesión en dichos lugares han tenido que irse amoldando a los diferentes cambios legislativos y a las diferentes reglamentaciones municipales. En este artículo queremos hacer un breve repaso de las leyes que, a lo largo de los siglos, han regido el destino de las prostitutas de Madrid.

La primera reglamentación de la prostitución en Madrid de la que se tiene noticia data de los años de Alfonso XI, allá por el siglo XIV. Siglos más tarde, en el XVII, el Pregón General para la gobernación de esta Corte estableció que la prostitución debía ejercerse “en casa pública y sin dependencia de rufianes” y que los prostíbulos debían concentrarse en el barranco de Lavapiés.

Fue también en el siglo XVII cuando se estableció que fueran los cirujanos de la Cárcel de Corte quienes se encargaran de visitar regularmente el barranco para, una vez allí, realizar revisiones médicas de las mujeres que ejercían allí la prostitución. Realizadas las revisiones, las mujeres con enfermedades venéreas no podrían trabajar.

El citado reglamento resultaba muy detallista y, entre otros aspectos, reflejaba los aranceles que debían pagar el “padre” o la “madre” de la mancebía, cuáles eran sus funciones y cómo debían ejercerlas y la prohibición explícita de portar armas o vender bebidas en los burdeles.

El Pregón General para la Gobernación de esta Corte establecía los requisitos que se exigían a toda mujer que deseara ejercer la prostitución. Uno de ellos era que las prostitutas debían tener, al menos, 12 años. Otro, que debía haber perdido ya la virginidad para poder ejercer la prostitución en Madrid. También constaban como requisitos no ser noble o ser huérfana.

De Felipe IV a las corrientes higienistas

La prostitución no siempre se ha podido ejercer en Madrid de un modo más o menos libre. En algunas épocas, de hecho, fue prohibida por ley. Felipe IV, por ejemplo, llegó a prohibirla en tres ocasiones. Los historiadores acostumbran recalcar que dichas prohibiciones tuvieron poco efecto práctico. A mediados del siglo XIX se vuelve a marcar un punto de inflexión en la historia de la prostitución en Madrid. Las corrientes higienistas, inspiradas en buena medida por los aires más liberales llegados de Europa, volvían a defender la adopción de políticas que impulsaran en mayor o menor medida la legislación de la prostitución.

Estos impulsos legislativos no se tradujeron, sin embargo, en unas mejores condiciones de vida y de ejercicio de su profesión para las prostitutas de Madrid. La prensa de finales del siglo XIX cuenta por ejemplo cómo en la calle de Fuencarral una mujer calva, confundida con un travesti, fue apedreada casi hasta morir lapidada.

Se calcula que a mediados del siglo XIX existían en Madrid unas 300 mancebías y unas 34.000 prostitutas. Muchas de ellas habían sido criadas, lavanderas o modistas que, por circunstancias de la vida y habida cuenta que Madrid apenas contaba con industria y no era un centro de comercio, se habían visto obligadas a ejercer la prostitución para poder sobrevivir. De esas 34.000 prostitutas, se calcula que sólo unas dos mil estarían inscritas en el Registro de Higiene Pública que se había creado para dedicarlo al registro de las mujeres que ejercían la prostitución en Madrid.

Las prostitutas que se registraban en el Registro de Higiene Pública podían ejercer la prostitución de dos formas: viviendo como “huéspedes” en las mancebías o burdeles o ejerciendo libremente su trabajo. Las primeras vivían prácticamente en régimen de esclavitud; las segundas, más libres, se enfrentaban a diario al riesgo de sufrir palizas o, incluso, ser asesinadas. Fue en ese ambiente de inseguridad donde adquirió una relevancia especial el personaje del chulo.

Las prostitutas que se registraban en el Registro de Higiene Pública se sometían a revisiones médicas periódicas. En algunas épocas, esas revisiones llegaban a ser de dos a la semana. Las prostitutas que, registradas, padecían enfermedades venéreas, eran ingresadas en las salas de venéreas del Hospital San Juan de Dios.

Abolicionismo y franquismo

El nuevo siglo trajo una nueva mentalidad y esa nueva mentalidad abogaba por el abolicionismo. A finales del siglo XIX, Josephine Butler, una feminista inglesa, impulsó una campaña abolicionista que fue ganando adeptos en toda Europa. La Segunda República publicó un decreto el 28 de junio de 1935 para suprimir el sistema reglamentista que había imperado en España desde mediados del siglo XIX.

La Guerra Civil y el triunfo de las tropas rebeldes marcó un nuevo punto de inflexión a la historia del ejercicio de la prostitución en España en general y en Madrid en particular. Llegó el tiempo de la doble moral. La España nacionalcatólica miraba hacia otro lado mientras la prostitución se ejercía en un país desolado por la guerra. Muchas viudas tuvieron que prostituirse y las autoridades franquistas impusieron un reglamento que permitía la prostitución en los burdeles pero la reprimía en la calle. A partir de 1956, los burdeles tuvieron también que cerrar. Fue entonces cuando aparecieron las llamadas barras americanas.

Desde entonces hasta ahora, la prostitución es una actividad alegal (ni legal ni ilegal) y fuente de intensos debates entre las diferentes opciones políticas.

Las casas de recogidas

La historia de la prostitución en un determinado lugar es, también, la historia de las entidades, asociaciones, fundaciones, etc. que se han dedicada a acoger a aquellas prostitutas que han intentado, en algún momento de su vida activa, abandonar el ejercicio de la prostitución. En Madrid, las primeras casas de recogida para arrepentidas o centros de reclusión para mujeres públicas se abrieron en el siglo XVI. En esos centros se intentaba “corregir” a la mujer que había ejercido la prostitución a base de trabajo y oración y se recogía también a mujeres que iban a dar a luz hijos ilegítimos.

Uno de esos centros fue el llamado Hospital de Mujeres Perdidas u Hospital de Santa María Magdalena. Este hospital, que estuvo en la calle de Pizarro, se trasladó a la calle de Hortaleza en 1623. El convento de franciscanas en que se situó el Hospital de Mujeres Perdidas de la calle de Hortaleza es, hoy, la sede de la UGT.