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Pero… ¿quiénes eran en verdad las geishas?

Es inevitable. Se hable de cultura, sociedad o historia, los ciudadanos miembros de un país occidental tendemos a mirarnos con complacencia el ombligo. La Historia, para nosotros, es la Historia de lo Occidental. Lo Otro (y en lo Otro podemos incluir lo arábigo, lo chino, lo africano, lo hindú o lo japonés, por utilizar sólo los ejemplos más llamativos) es lo exótico y, en grandísima medida, lo desconocido. Al hablar del Otro llevamos hasta el extremo una práctica que nos resulta cómoda pero que no deja de aferrarnos a la ignorancia más supina: la de la utilización del estereotipo. Así, podemos hablar de samuráis, emires, faquires y jefes tribales con la misma ligereza con la que, por ejemplo, hablamos de las geishas cuando hablamos de la prostitución japonesa.

En los casos más documentados, se habla de las geishas como escorts de lujo, una especie de cortesanas destinadas a proporcionar placer a caballeros de la alta sociedad japonesa. A esas cortesanas, por su parte, las solemos asociar a la imagen de una mujer con el rostro pintado de blanco y vestida con hermosos kimonos. Pero, ¿quiénes eran en verdad las geishas? Y, lo que es más importante, ¿eras y son las geishas prostitutas?

Si atendemos a la etimología de la palabra geisha veremos que geisha significa algo así como “persona con habilidad en diferentes artes”. De hecho, en el Antiguo Japón, y antes de que se destinara a nominar a un tipo de mujer muy específico, la palabra geisha se usaba normalmente para nombrar a personas no necesariamente mujeres relacionadas con las artes. Fue con la llegada del período Edo cuando el vocablo geisha empezó a utilizarse para nombrar a lo que hoy conocemos como tal.

Los historiadores han querido ver en las odoriko las antecedentes directas de las geishas. Las odoriko eran bailarinas que iban vestidas con kimonos de seda y que se encargaban de bailar ante los samuráis, realizar la ceremonia del té, servir sake y tocar el shamisen, un instrumento de cuerda parecido a la guitarra pero con sólo tres cuerdas. En sus orígenes la mayor parte de estos profesionales del entretenimiento (los citados odoriko) eran hombres. Fue a partir del año 1800 cuando las geishas femeninas empezaron a predominar sobre los geishas masculinos y cuando la figura de la geisha empezó a adquirir las características y las connotaciones a las que hoy va ligada.

La imagen de la geisha

La imagen de la geisha está condicionada por todo tipo de símbolos. Por ejemplo, la longitud de las mangas del kimono varía dependiendo de la experiencia de la geisha que lo luce. La maiko o aprendiz de geisha no llevará un kimono con las mangas de la misma longitud que el de una geisha experimentada. Las mangas del kimono de la maiko llegan casi hasta el suelo; las del kimono de las geishas más experimentadas son, por su parte, mucho más cortos. Del mismo modo, el colorido del kimono de la maiko es mucho más vivo que el del kimono de la geisha. Una y otra, a su vez, la maiko y la geisha, lucen kimonos elaborados con el doble de tela que los kimonos de todas aquellas mujeres que no lo son. El diseño, el color y el estilo del kimono variará dependiendo de la estación y también del evento al que la geisha deba acudir.

El peinado de la geisha también ha cambiado a lo largo de las diferentes épocas. En algunas épocas se ha llevado suelto y en otras, recogido. El peinado sin embargo más habitual ha sido el tradicional peinado “shimada”, esa especie de moño tan característico que acostumbramos a ver en las estampas de geishas y que identifica a las geishas más identificadas.

Los diferentes peinados de la geisha son decorados con horquillas y peines muy elaborados. En la actualidad, sin embargo, lo más habitual es que las geishas luzcan pelucas elaboradas por artesanos especialistas en la elaboración de dicho tipo de complemento.

La imagen típica de la geisha suele completarse con el tan reconocible maquillaje que lucen estas mujeres. El maquillaje suele aplicarse antes de vestirse (así se evita el manchar el kimono) y suele realizarse en tres pasos. Uno: aplicación de una capa de una especie de aceite o cera. Dos: se aplica una capa de polvo de arroz mezclado con agua. Con esta pasta se cubre todo el rostro, el cuello (menos una zona de la nuca, que queda expuesta), el pecho y las manos. Tres: se uniforma la base mientras se pasa una esponja que absorba el exceso de humedad. Cuatro: se remarcan ojos y cejas (las maiko usan también el rojo alrededor de los ojos). Cinco: se perfilan y pintan los labios con un rojo intenso.

La actividad de la geisha

Una vez definida la imagen de la geisha debemos determinar las funciones de la geisha y deberíamos aclarar hasta qué punto una prostituta y una geisha son lo mismo o, por el contrario, son personajes completamente distintos.

La formación de la geisha tiene un fin: convertirla en especialista en canto, baile, música y poesía para ofrecer a la élite local nipona su compañía culta y sofisticada en fiestas y recepciones. En las escuelas de geishas se enseñaba a éstas, también, a conversar ingeniosamente y a, por ejemplo, verter el sake siguiendo un determinado ritual.
La presencia de una geisha en una fiesta servía para dar prestigio a la fiesta en sí y a la familia, señor, etc. que la había organizado.

En tiempos pasados, muchas prostitutas intentaron imitar el estilo de las geishas. Como ellas, las prostitutas se vestían con kimonos, se maquillaban en exceso y se colocaban una gran profusión de adornos en el peinado. Para intentar que no existieran confusiones y para proteger la imagen de las geishas, el shogun Tokugawa (una especie de general que actuaba como dictador) lanzó un edicto por el cual se obligaba a las prostitutas a moderar su maquillaje y su vestuario.

Herencia de esos tiempos es, seguramente, la confusión que aún persiste sobre lo que es una geisha. La geisha no es una prostituta. La geisha no es una escort aunque una y otra puedan tener puntos de contacto en cuanto a la posesión de una determinada cultura. La geisha es una artista encargada de distraer a un hombre. Para hacerlo puede recurrir a la danza, la música o la conversación. El sexo sería, pues (y en un principio) tarea exclusiva de prostitutas.

Otro de los aspectos que históricamente ha servido para confundir las figuras de la prostituta y la geisha es que ésta puede disponer de lo que se conoce como el danna o patrón personal, algo que puede crear confusión pues el danna puede ser fácilmente concebido por los ojos occidentales como una especie de proxeneta. El danna es el encargado de financiar la formación de una geisha, es decir, un hombre rico que costea los gastos de la geisha y que puede tener relaciones sexuales con ella. Esas relaciones sexuales, sin embargo, se daban o se dan fuera siempre del entorno de trabajo de las geishas.

Una decisión de las autoridades japonesas que en el pasado sirvió para diferenciar el trabajo de prostitutas y geishas y para evitar que las segundas acabaran ejerciendo el oficio de las primeras fue la de adoptar el sistema Kenban. Este sistema establecía un máximo de 100 geishas o “artistas” tituladas con autorización para ejercer como tales en una zona determinada. El sistema Kenban funciona todavía hoy en día y es, a su manera, una especie de sindicato de las geishas.