Sexhop Online

Aparece un estudio sobre cómo el franquismo actuó contra las prostitutas en la postguerra

Mujeres extraviadas: psicología y prostitución en la España de postguerra: éste es el título del estudio que tres autores de la Universidad Complutense de Madrid ha dedicado a analizar cómo tres psiquiatras afines al régimen franquista justificaban la reclusión de prostitutas amparándose en una hipotética “inferioridad mental”.

El general Franco anuló en 1941 el decreto que, durante la II República, había establecido la prohibición de la prostitución. Al adoptar esta decisión, el dictador, sabiendo que la abolición de la prostitución por ley no era sino papel mojado y que ésta no iba a desaparecer por más que una ley así lo estableciera, intentaba mantener un férreo control sobre la misma. De hecho, en ese mismo decreto, el dictador autorizaba a jueces, policías y ciudadanos a denunciar a aquellas menores que supuestamente ejercieran la prostitución. El control sobre la prostitución adulta, en un principio, debía hacerse efectivo a partir del control que se estableciera sobre los prostíbulos. Gracias a ejercer un control implacable sobre ellos iba a poderse controlar a las prostitutas.

Sin embargo, un factor determinante vino a trastocar los planes franquistas: la grave crisis que, finalizada la guerra y a inicios de los años cuarenta, se cebó con la población española. A este período de crisis se le conoce como “los años del hambre” Y es que el hambre era real y palpable y para muchas mujeres sólo había un camino para rehuirlo: el ejercicio de la prostitución. El hambre hizo que muchas mujeres empezaran a ejercer la prostitución en la calle para poder vivir o para sacar adelante a sus familias. Hay datos oficiales extraídos del Patronato de Protección a la Mujer (organismo presidido honoríficamente por Carmen Polo, la mujer del dictador) que hablan a las claras de este incremento de la prostitución. Dichos datos apuntan a que a finales de 1945 existían unos 2.000 prostíbulos repartidos por todo el país y que eran 20.000 las mujeres que estaban registradas como prostitutas. En esos datos, sin embargo, no se recogen las cifras de las ciudades de Madrid y Barcelona. En estas dos ciudades, sin duda, las cifras debían ser muy respetables. Por ejemplo: un artículo de La Vanguardia habla, en 1941, de que sólo en Madrid existían más de 20.000 prostitutas. En Barcelona, las cifras podían ser similares e incluso superiores.

Este crecimiento desorbitado de la prostitución, combinado con la falta de medidas de higiene, hizo que se multiplicaran las enfermedades de transmisión sexual (ETS). El estudio de la Universidad Complutense de Madrid, firmado por Javier Brandés, Eva Zubieta y Rafael Llavona, señala cómo el régimen franquista optó por el encarcelamiento de prostitutas para frenar esa expansión de las ETS. Las prostitutas acusadas de algún delito eran encarceladas en cárceles convencionales, las adolescentes en los reformatorios del Patronato de Protección a la Mujer y las prostitutas especialmente problemáticas en las llamadas Cárceles Especiales para Mujeres Caídas. En estas últimas las mujeres podían ser recluidas hasta dos años, sin proceso judicial alguno, simplemente por una decisión policial. En estos centros debía, en principio, realizarse una tarea de “redención” de las mujeres. Siguiendo unos patrones ideológicos tomados directamente del catolicismo más tradicional, las prostitutas encarceladas debían realizar tareas manuales tales como el bordado o el corte y confección.

Fundamentos falsamente científicos

Esta tarea encarceladora se fundamentaba teóricamente en los postulados reeducadores de tres psiquiatras: Eduardo Martínez Martínez (director de la Clínica Psiquiátrica Penitenciaria de Mujeres de Madrid), Francisco J. Echalecu (neuropsiquiatra de la Dirección General de Seguridad y director de los servicios médicos del Patronato de Protección a la Mujer) y Antonio Vallejo-Nájera (catedrático y miembro destacado de los consejos nacionales de sanidad educación). Éste último merece mención especial ya que, durante la Guerra Civil fue el jefe de los servicios psiquiátricos de las tropas franquistas. A su pluma se debe la siguiente “perla”: “más del 50% de las rameras son deficientes mentales, unas eréticas (irritables), otras apáticas, algunas sensitivas, casi todas amorales”. Para él, y para otros psiquiatras del régimen franquista, las prostitutas lo eran debido a su constitución biopsíquica. El citado Martínez Martínez ahondó en esta idea al escribir “la anomalía mental, casi siempre de fondo psicopático, es el factor predisponente más importante de la prostitución”.

Mujeres extraviadas: psicología y prostitución en la España de postguerra señala cómo el concepto de biopsicología está extraído de teorías de inspiración alemana. Vallejo-Nájera, por ejemplo, siempre fue considerado heredero ideológico del nazismo. De hecho, en algún artículo se ha hablado de él como del Mengele español. Aplicadas a la situación española del momento (acababa de finalizar la guerra civil y la represión vivía su momento más crudo) y pasada por el tamiz ideológico de los psiquiatras del franquismo, dichas teorías sirvieron para llevar a cabo lo que en el estudio se denomina como “proyecto de Biopolítica en el marco de un estado totalitario”. La demonización científica de la prostituta, su catalogación como psicópata, concedía al Estado la salvaguarda ideológica para actuar de manera indiscriminada sobre unas mujeres cuya presencia y oficio el mismo Estado toleraba bailando sobre la cuerda floja de la doble moral que suele hacerse patente en aquellas situaciones en las que los principio religiosos del cristianismo más rancio deben bregar con la realidad social y con el comportamiento humano.