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Las devadasi: “prostitución sagrada” o esclavitud sexual en la India

Karnataka, Maharashtra, Andhra Pradesh y Tamil Nadu son los nombres de varios estados del sur de la India en los que todavía, y pese a la prohibición gubernamental, pervive una tradición con varios siglos de vida a sus espaldas: la de consagrar la vida de una niña que recibe el nombre de devadasi a servir a la diosa hindú Yellamma y a ejercer como prostituta desde el instante mismo en que alcanza la pubertad.

Yellamma era la esposa del asceta Jamadagni. Al tener su cuarto hijo, Jamadagni tomó voto de castidad. Yellamma, así, se vio condenada a la abstinencia sexual. En uno de sus viajes diarios al lago al que acudía a coger agua (que guardaba en vasijas que fabricaba allí mismo, con arena sin hornear), Yellamma vio a dos seres celestiales mantener relaciones sexuales a orillas del lago. El calentón de Yellamma le hizo perder el don de que tenía para fabricar vasijas y, así, poder llevar el agua a casa. Jamadagni, enfurecido con su mujer, la echó de casa. A partir de ese momento, Yellamma tuvo que vagar pidiendo limosna. Tiempo después, Yellamma fue considera una encarnación de la diosa Sakti y como tal fue adorada a partir de entonces.

El templo de Yellamma se construyó en la colina Yellammagudda, a unos 5 km de Saundatti, en el estado de Karnataka, y se ha convertido, con los siglos, en un importante lugar de peregrinación. Los caminos que conducen a este tempo están llenos de tenderetes y puestos en los que se venden ofrendas de todo tipo, desde cocos a flores pasando por incienso, etc. Las viejas devadasi que ya no atraen a los hombres piden limosna en las cercanías del templo.

La institución de la devadasi apareció, según se cree, allá por el siglo IX, aunque fue entre los siglos XIII y XVI cuando las devadasi estuvieron en su máximo apogeo. En aquel tiempo, las devadasi provenían de familias acomodadas e, instruidas en la poesía, la música, el baile, la escritura y la lectura, bailaban en los templos para los dioses. La nobleza y los terratenientes financiaban la vida de las devadasi de aquellos años manteniéndolas en lujosas viviendas. El paso del tiempo hizo que las devadasi se convirtieran en cortesanas que, amparadas por el manto de la religión, servían como prostitutas a los ricos.

En la actualidad las devadasi no tienen nada que ver con esas cortesanas para ricos de las que hemos hablado. La colonización británica hizo que los nobles indios perdieran poder y riqueza y, al hacerlo, dejaron de patrocinar a los templos. Así, lo que había sido una forma de prostitución sagrada se convirtió en una simple forma de explotación sexual. Muchas familias, pertenecientes en su inmensa mayoría a la casta de los intocables, el eslabón más bajo del jerárquico sistema social indio, prostituían y prostituyen a alguna de sus hijas para, gracias a los ingresos derivados de dicha explotación, mantener a la familia.

Las devadasi son, en la actualidad, poco más que esclavas sexuales. Obligadas a satisfacer las necesidades de todos los hombres del pueblo en el que son esclavizadas sexualemente y por los que pasan de paso y teniendo prohibido el casarse, las devadasi se han convertido en unas peligrosas e involuntarias propagadoras del virus del VIH. Desprotegidas completamente, las devadasi perviven tras la prohibición gubernamental (firmada en el estado de Karnakata en 1982) en buena parte por culpa del trabajo de las redes de prostitución. Éstas se aprovechan de la necesidad de familias y adolescentes que ejercen su “oficio” de devadasi en casas privadas de sacerdotes. Éstos organizan festivales religiosos y es en esos festivales religiosos en los que se consagra a las nuevas devadasi. A los festivales acostumbran a acudir proxenetas de algunas grandes ciudades indias (Bombay, Bangalore, Pune, etc.) para comprar a las devadasi y trasladarlas a sus burdeles. Muchos de éstos salpican los márgenes de la carretera que une Bangalore y Bombay.

La entrega de las devadasi por parte de las familias es, en gran medida, consecuencia de una de las más antiguas tradiciones indias: la de la obligación de las familias que deseen casar a su hija de pagar la dote de la misma. En familias pobres, librarse de una mujer supone un doble ahorro: se pierde una boca en la mesa y se evita el pago de esa dote. Muchas familias, de hecho, deben endeudarse para pagar esa dote. Entregar a la hija como devadasi es una manera de evitar esa dote.

En la actualidad, tener una hija en según qué zonas de la India es entendido como una desgracia. Por eso las tasas de abortos selectivos se han disparado hasta cifras ciertamente preocupantes. Muchos ecógrafos, concienciados con la problemática de los abortos selectivos, se niegan a informar a las mujeres embarazadas y a sus parejas sobre el sexo del futuro bebé.

Manos Unidas es una de las oenegés que está trabajando en la zona para intentar acabar con la existencia de la institución de las devadasi. Para ello, Manos Limpias y algunas comunidades de jesuitas de la zona han puesto en marcha actividades diferentes como pueden ser la formación de grupos de autoayuda o la formación y establecimiento de equipos que puedan prestar asistencia sanitaria a las devadasi o puedan formarlas profesionalmente para que puedan encontrar un oficio que les permita dejar de ser una devadasi.