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Las cortesanas venecianas

Dentro de la serie de artículos que estamos dedicando a la historia de la prostitución, y tras haber tratado ya la historia de la misma durante el Egipto de los faraones, la Grecia Clásica, la Antigua Roma o la Edad Media, ha llegado el momento de hablar de cómo era la prostitución durante la Edad Moderna, es decir, durante el período histórico que empieza aproximadamente con el descubrimiento de América en 1492 (hay quien dice que con la caída de Constantinopla en 1453) y que finaliza en 1789, con la Revolución Francesa (hay quien dice que finaliza una década antes, en 1776, cuando se produce la independencia de Estados Unidos).

La Edad Moderna está marcada, en el terreno de lo moral, por lo que se conoce con el nombre de Contrarreforma y que vino a ser algo así como el conjunto de esfuerzos y medidas llevadas a cabo por las autoridades eclesiásticas católica para devolver al redil de Roma a las comunidades y países que habían seguido la senda marcada por las Reformas calvinistas y luteranas. La Contrarreforma, determinada en gran medida por los resultados del Concilio de Trento (1545-1563), supuso que se estableciera una nueva forma de moralidad, en especial desde finales del siglo XVI.

Cambio moral

La nueva moralidad surgida del Concilio de Trento fue mucho más estricta y mucho menos condescendiente de lo que lo había sido la moral medieval. Uno de los factores que demuestran ese cambio moral es la actitud que las autoridades civiles y eclesiásticas muestran durante la Edad Moderna hacia la prostitución.

La sociedad de la Edad Moderna resultó mucho menos tolerante con la prostitución de lo que había sido la de la Edad Media. Durante la Edad Media, la prostitución había sido considerada, tal y como vimos en el artículo dedicado a ella, un “mal necesario”, un medio que servía para salvaguardar la castidad femenina y para poner a salvo la institución del matrimonio. Las pasiones sexuales masculinas se desahogaban sin poner en riesgo el matrimonio y sin que pudieran producirse abusos o violaciones. Así, la prostitución durante la Edad Media fue tolerada al ser concebida como un “servicio público”. Llegada la Edad Moderna, dicha tolerancia disminuyó.

Durante el Renacimiento, ese período a caballo de las dos Edades, Media y Moderna, ya se había producido alguna variación respecto a cómo contemplaba la sociedad y, con ella, las autoridades, el ejercicio de la prostitución. Por decirlo de un modo sencillo: se habían impuesto nuevas normas. Una de ellas, que la misma no se ejerciera con judíos. Esta regla, que se había ido imponiendo en toda la “cristiandad”, se hizo especialmente severa en España.

La llegada de la Edad Moderna supuso la quiebra del concepto del “mal necesario”. De ser considerada un “mal necesario”, la prostitución pasó a ser considerada, simple y llanamente, un mal. La nueva moral imperante durante esta Edad convirtió la prostitución en algo negativo y perjudicial para la sociedad e inauguró una corriente de pensamiento según la cual criminalidad y prostitución son términos que van siempre de la mano.

Como en épocas anteriores, la prostituta, meretriz o manceba se vio obligada a vestir de una determinada manera o a lucir algún tipo de distintivo que permitiera su fácil identificación como tal prostituta. El lugar de trabajo o las condiciones sociales que rodeaban a las prostitutas determinaba la catalogación de éstas dentro de una tipología en cuya cúspide se encontraban las cortesanas.

Durante la Edad Moderna había prostitutas que trabajaban en prostíbulos y prostitutas que ejercían su oficio en ventas, tabernas o mesones; prostitutas que prestaban sus servicios en la calle o las que los ofrecían en sus domicilios o en espacios alquilados. La situación social de la mujer (su estado civil) podía determinar en muchos casos el tipo de prostitución ejercido por éstas.

Las cortesanas venecianas

Una cortesana no era, en puridad, una prostituta. Una cortesana era, sólo, una mujer que pertenecía al séquito real. Que muchas de ellas, además, prestaran servicios sexuales hizo que la figura de la cortesana quedara asimilada a la de la prostituta. ¿Nombres? Anne de Lenclos, por ejemplo, que utilizó el pseudónimo de Ninón, vivió en tiempos de Luis XIV de Francia, tuvo más de 5.000 amantes a lo largo de su vida y fue bautizada como “Notre Dame des Amours”. Anne de Lenclos era, sin duda, algo más que una prostituta. Culta e ingeniosa, Anne de Lenclos se reunía por igual con Richelieu que con el rey Luis XIII o la reina Cristina de Suecia convirtiéndose en el prototipo ideal de la cortesana.

Hay obras (entre ellas podemos destacar las de Giacomo Casanova o alguna de Rousseau) que nos hablan de un enjambre de “entretenidas” que eran pagadas gracias al flujo de ingresos que llegaban tanto del comercio de Oriente como del comercio con América. Las cenas ostentosas que se daban en el ámbito de las clases acaudaladas y en los ambientes nobiliarios sirvieron en muchos casos para camuflar el comercio carnal con jóvenes tan hermosas como cultas que, en algunos casos, llegaron a vivir vidas de auténtico lujo y que llegaron a ganar el doble de un maestro comerciante o tanto como un capitán de buque.

Verónica Franco fue seguramente la cortesana más famosa de una Venecia decadente en la que algunas de sus cortesanas sirvieron como modelo para las escenas mitológicas pintadas por artistas de renombre internacional como Tiziano, Veronés o Tintoretto.

Grandes ciudades como Roma o Venecia llegaron a poseer, en plenos siglos XVI y XVII, un grandísimo número de cortesanas y prostitutas. Jan Morris, por ejemplo, afirma en su obra The World of Venice que en la Venecia del siglo XVI existían 2.900 mujeres nobles, 2.500 religiosas, 2.000 mujeres comerciantes y nada más y nada menos que 11.600 cortesanas y prostitutas. No en vano, la vitalidad económica de Venecia hacía que se movieran grandes cantidades de dinero en la bella ciudad de los canales y que en ella existiera un mercado propicio para el arraigo de la prostitución. Hay cifras que hablan de cuarenta mil marineros, dieciséis mil trabajadores en el arsenal y más de 3.000 barcos que anualmente atracaban en su puerto.

Este gran número de cortesanas y prostitutas hizo que la República de Venecia decidiera legislar de manera implacable tanto para poner coto al incremento numérico de aquéllas como para delimitar su modo de comportarse. Un ejemplo: las cortesanas de Venecia sólo podían pasear por la ciudad o visitar sus restaurantes los sábados. La desobediencia de esta orden podía implicar tanto una pena de azote como una multa. Las cortesanas venecianas tampoco podían, por ejemplo, lucir anillos, collares u otro tipo de joyas.

Por otro lado, las prostitutas venecianas, que habían sido alojadas de manera gratuita durante el siglo XIV en las llamadas case rampane, fueron las primeras en ser recluidas en un “barrio rojo”. Ese barrio rojo veneciano fue el famoso Rialto. Sólo ahí podían las prostitutas venecianas ejercer su oficio y podían, pese a la oposición eclesiástica, exhibir públicamente sus pechos y sus piernas.