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Las casas de arrepentidas

El debate sobre qué salida debe darse a las prostitutas que desean abandonar su profesión no es nuevo. Viene de siglos. Y en ese debate, como no podía ser menos, ha participado históricamente y en mayor o menor medida la Iglesia Católica. Concibiendo el sexo no procreador como pecado y marcándose como objetivo de la persona la salvación, la prostituta debía, tras abandonar su oficio, expiar su pecado para conseguir el perdón de los pecados cometidos.

A tal fin la Iglesia creó una serie de instituciones religiosas destinadas a acoger a aquellas trabajadoras del sexo que decidieran abandonar el oficio. Recogidas en esas instituciones, las prostitutas, reconociendo que habían cometido pecado (según, claro, la visión de la Iglesia), disponían de la posibilidad de expiarlos sufriendo la penitencia y viviendo completamente apartadas del mundo, como si de monjas de clausura se tratase.

A estas trabajadoras del sexo que decidían ingresar en estas instituciones religiosas que, comúnmente, eran dirigidas por monjas terciarias, es decir, por monjas pertenecientes a la Tercera Orden de San Francisco, llamada también Venerable Orden Tercera o V.O.T., se las llamaba arrepentidas. Por su parte, a las instituciones en las que se recogían estas mujeres se las llamaba Casa de Arrepentidas, y toda ciudad de mediana importancia disponía de una de estas casas de arrepentidas o recogidas.

Según se cree, la primera casa de arrepentidas de España se creó en Barcelona, en el siglo XIV. Fueron los consellers, es decir, los miembros del Consell de Cent, quienes impulsaron la construcción de la misma. En ella, al parecer, cabían treinta mujeres.

Más allá de la de Barcelona, hay que destacar, también, las casas de arrepentidas de poblaciones como Sanlúcar de Barrameda, Granada, Toledo y Sevilla. Sevilla, puerta de entrada y salida de todo el comercio con las colonias americanas, era una ciudad económicamente muy activa, una de las principales orbes del mundo en su momento, y eso se traducía en dinero y, como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia, donde hay dinero y el dinero se mueve hay, generalmente, prostitución. De hecho, tantas prostitutas había en Sevilla en los siglos XVI y XVII que en la ciudad andaluza había dos casas de recogidas.

Durante el siglo XVII se celebró el Concilio de Trento, es decir, el concilio en el que triunfaron las tesis más moralistas y que dio paso a lo que se conoce con el nombre de Contrarreforma. Con un empeño tan grande por parte de la Iglesia Católica por imponer sus tesis morales, las casas de recogidas vivieron un auténtico boom. Para fundarlas, se recurría habitualmente a las donaciones de personas económicamente poderosas, comúnmente de la nobleza. La limosna era, también, una de las principales fuentes de financiación de las casas de recogidas.

Si en el siglo XVII se fundó la Casa de Recogidas de Cádiz, en el XVIII lo hizo la de Madrid. Ésta, sin embargo, no fue fundada por la Iglesia. La llegada del despotismo ilustrado supuso el incremento del interés de los gobernantes por controlar a los marginados. Esa iniciativa era, en cierta medida, semejante a la impulsada por los gobernantes valencianos cuando, ya en el siglo XIV, en 1345, decidieron fundar la Casa de les Dones de la Penitència. En este caso, fue el municipio valenciano quien desarrolló las bases de su funcionamiento y el que realizó la inversión destinada a comprar un inmueble en el que establecer la casa de penitencia. Ese inmueble pertenecía a la ciudad y a la casa de penitencia se le concedía el privilegio de poder colocar un cepillo para recoger limosnas en las parroquias de la ciudad.

En el siglo XIX, por su parte, se fundó otra de las más conocidas casas de recogidas españolas, la Casa de Recogidas de Nuestra Señora de la Caridad o del Refugio de Bilbao.

Las mujeres que ingresaban en una casa de arrepentidas sólo podían salir de ellas con dos finalidades: casarse o, si se daba el caso y ellas lo deseaban, ingresar en un convento como religiosas. En el caso de la casa de arrepentidas de Valencia de la que hemos hablado anteriormente el abandono de la reclusión en la casa de recogidas y la vuelta a la vida “pecaminosa” de la prostitución se consideraba una ofensa a Dios y se castigaba con penas de destierro y con azotes.