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Burdeles en los campos de concentración

Heinrich Himmler fue el jefe supremo de las SS. Él fue quien tuvo algunas de las ideas más perversas del régimen nazi. Una de ellas fue la de crear prostíbulos destinados a elevar la moral de los empleados de los campos de concentración. Al hablar de empleados hablamos, en su mayor parte, de lo que se conocía como kapos, es decir, prisioneros que, debido a su colaboración con los nazis, tenían un estatus especial dentro de los campos de concentración. En algunos campos, incluso, se permitió que los propios guardias de las SS hicieran uso de los servicios prestados por las prostitutas que “trabajaban” en los burdeles de los campos de concentración.

Para acceder a los burdeles de los campos de concentración había que estar en buen estado físico. Sólo los kapos en buen estado físico y que estaban libres de todo tipo de enfermedad podían obtener el cupón que les daba acceso al prostíbulo.

Los burdeles más importantes abiertos en los diferentes campos de concentración o de exterminio fueron los de Mauthausen (fue el primero, abierto en 1942), Auschwitz (abierto en junio de 1943), Buchenwald (abierto en julio de 1943), Dachau (abierto en mayo de 1944) y Sachsenhausen (abierto en agosto del mismo año).

La inmensa mayoría de las mujeres que, de manera obligada, debieron ejercer la prostitución en los burdeles de los campos de concentración eran sacadas del campo de Ravensbrück para ser trasladadas a otros campos. En Auschwitz, sin embargo, las cosas funcionaban de otro modo. En este desgraciadamente célebre campo de exterminio emplazado por los nazis en territorio polaco, las mujeres obligadas a ejercer la prostitución en el burdel del campo de concentración eran mujeres del propio campo.

Las candidatas a “trabajar” en los prostíbulos de los campos de concentración debían ser mujeres sanas y en ningún caso podían ser judías. A cambio de tener que ejercer la prostitución obligatoriamente en los burdeles de los campos de concentración, estas mujeres recibían mejores raciones de comida y, habitualmente, mejor trato por parte de los guardias.

Para ejercer como prostitutas en los burdeles de los campos de concentración, las mujeres debían someterse a un examen médico mensual. En caso de no superar dicho examen, las mujeres eran, o bien devueltas a los campos, o bien gaseadas.

En los burdeles de los campos de concentración acostumbraban a ejercer la prostitución alrededor de 20 mujeres vigiladas por una kapo. Los edificios de los burdeles solían hallarse en el interior de los campos aunque separados por alambradas del resto de edificios. Guardias de las SS acompañados de perros se encargaban de vigilar estos edificios.

Las mujeres que ejercían la prostitución en los prostíbulos de los campos de concentración eran reemplazadas de manera constante. Bien fuera por enfermedad, bien por cansancio, las reemplazaban por otras. Finalmente, casi todas tenían el mismo destino: la muerte. El régimen nazi las utilizaba a su antojo y, una vez utilizadas, las dejaba morir. Se dice que fueron al menos 34.000 mujeres las que fueron obligadas a prostituirse por el régimen nazi.

De los burdeles de los campos de concentración sólo se supo al finalizar la guerra y en su mayor parte gracias a los documentos nazis confiscados tras la finalización de la misma. Según dichos documentos, no fue demasiado el éxito de los burdeles ideados por la mente perversa de Himmler. En muchos casos, los usuarios de los mismos buscaban más compañía y relación humana que el mantenimiento de relaciones sexuales. Esto no evitó que la inmensa mayoría de las prostitutas obligadas a trabajar en estos burdeles no recibieran malos tratos. El hecho de que los cupones que permitían a los prisioneros acudir a dichos burdeles se convirtiera en un preciado bien en el mercado negro que siempre florecía en los campos de concentración hizo que muchos de esos cupones acabaran en manos de los criminales comunes. De entre todos los cupones, los más valorados eran los de color verde, que eran los que permitían visitar a las mujeres más atractivas del burdel.

Toda aquella persona que quiera conocer más en profundidad el funcionamiento de los burdeles de los campos de concentración puede hacerlo leyendo la obra Das KZ Bordell (El burdel del campo de concentración), escrita por Robert Sommer. Sommer ha contado en alguna entrevista, y lo relata en su libro, que muchas de esas mujeres eran engañadas. En muchas ocasiones, era la falta promesa de ser liberadas tras seis meses de servicio en el burdel lo que hacía que muchas mujeres prisioneras optaran por entrar en él.

Hay mujeres supervivientes de aquel horror, pero ninguna habla públicamente de ello. El dolor es demasiado inmenso y la vergüenza, también. Sommer reclama que, de una manera pública, se devuelva la dignidad a estas mujeres.