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Aumenta el consumo de prostitución entre los jóvenes

No hace demasiados días que el diario El Mundo dedicó uno de sus editoriales al “tema” de la prostitución. Concretamente, el editorialista del mencionado diario fijó su punto de vista en un dato que ha levantado todas las alarmas en un sector de la sociedad: según apuntan algunas encuestas y, sobre todo, ciertas fuentes de la Policía Nacional, el consumo de los servicios de la prostitución por parte de los más jóvenes ha aumentado en los últimos tiempos.

Es precisamente en estas fuentes en las que se apoya el citado diario para afirmar cómo el sexo de pago entre los jóvenes se está convirtiendo, cada vez más, en una actividad normal. Para los jóvenes, se apunta en el artículo de Javier Barbancho “Pagar por sexo, normal entre los jóvenes”, el recurrir al servicio de prostitutas se considera un entretenimiento más.

Barbancho cita como fuente autorizada a Luis Mariano García Vicente, profesor de Trabajo Social en la Universidad Complutense. García Vicente es coautor del estudio Una aproximación al perfil del cliente de la prostitución femenina en la Comunidad de Madrid. En dicho estudio, Barbancho, junto al resto de autores, muestra cómo son muchos los jóvenes que, en grupo, recurren a los servicios de la prostitución. En algunas ocasiones hay dinero suficiente como para que cada uno de los miembros del grupo pueda disfrutar de los servicios de una prostituta. En otras, el dinero sólo alcanza para uno. En estos casos, se apunta en el mencionado estudio, se reúne el dinero, se pone en común y, mediante algún tipo de sorteo, se escoge qué miembro o miembros del grupo pueden gozar de un encuentro con una prostituta.

En cierto modo, el ir de putas se ha convertido (o parece haberse convertido) en una moda generacional e identitaria entre los jóvenes. Esta actitud, se apunta en el artículo de Barbancho, es paralela a algo que se refleja en las diferentes encuestas que, de circunstancialmente, ha realizado sobre el tema de la prostitución el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). En 1986, 1994 y 2008, el CIS realizó encuestas en las que abordó dicho tema y la comparativa entre los resultados de las tres encuentras demuestra la progresiva suavización de las posturas de los encuestados respecto a cómo debe enfrentarse el “problema” de la prostitución. El ejercicio y el consumo de la prostitución se ha ido entendiendo, progresivamente, como parte de la libertad individual. Al hablar de la libertad individual se habla tanto de la libertad de la persona para ofertar su cuerpo como de la libertad del cliente para alquilar los servicios de quien comercia con su cuerpo. El Mundo refleja, desde un punto de vista crítico, el cómo dicha suavización de posturas de la juventud respecto a la prostitución ha influido en el hecho de que sean muchos los encuestados que, desde un posicionamiento tolerante y permisivo, defienden la regularización de la prostitución.

Los porqués del joven putero

Diferentes psicólogos han hablado de la falta de habilidad emocional como de uno de los principales motivos del aumento del consumo de la prostitución por parte de los más jóvenes. El joven, según estos psicólogos, actúa dentro de una sociedad hipersexualizada. Como hijo de esta sociedad, el joven tiene del sexo una idea casi mítica. Así, el sexo se convierte en algo muy importante para este joven y su recurrir a la prostitución no es otra cosa que la búsqueda de una experiencia sexual que llegue de una manera sencilla, sin trabas y, por supuesto, sin las dudas e inseguridades que, en una persona con una personalidad aún no formada y con una autoestima débil, puede provocar el proceso del cortejo tradicional. En la contratación de los servicios de una prostituta por parte de un joven actúa un fenómeno que, según afirman los psicólogos citados por Barbancho, un acto que puede simbolizar una situación de poder. Pagando por los servicios de una prostituta, el joven, es joven inseguro y a medio formar emocionalmente, se siente poderoso, y eso, más que la gratificación sexual, sirve para aliviarle de la angustia que puedan producirle los desequilibrios de personalidad propios de la edad.

En el citado editorial de El Mundo se hace alusión a cómo esa sensación de poder del joven sobre la prostituta contratada guarda psicológicamente íntima relación con un fenómeno que, lejos de quedar erradicado de nuestra sociedad, parece adquirir nuevos bríos en España: el de la violencia de género o violencia machista. Cada vez más jóvenes, se apunta en dicho editorial, consideran normal ciertas actitudes machistas que pueden ir desde las “trabas para relacionarse con amigos” hasta las “presiones causadas por sospechas de infidelidad” pasando por la “indiferencia en el trato” buscando como objetivo la dependencia emocional de la chica respecto al chico en el seno de la pareja.

La conclusión del editorial de El Mundo tras tratar el aumento del consumo de la prostitución por parte de los más jóvenes es la siguiente: “nuestro sistema educativo tiene más fracturas de las que pensábamos”. Y concluye: “las familias, principalmente, y las escuelas son las responsables de que la tolerancia, la igualdad y los valores cívicos ocupen un lugar central en la educación de nuestros jóvenes”.

Necesidad de educación sexual

Al citar a la escuela como elemento capital en la educación integral de los jóvenes, El Mundo no hace sino señalar uno de los escollos que, legislatura tras legislatura, la sociedad española debe afrontar. El cómo debe plantearse dicha “educación” es, quizás, uno de los grandes debates que, política y socialmente, tiene pendiente de resolución nuestro país. Y, como acostumbra a suceder en España con todo debate que afecte a un tema sensible y vertebral de la sociedad, el debate es a cara de perro. Para muestra un botón extraído del baúl de nuestra memoria: basta recordar los duros enfrentamientos que se produjeron entre el PSOE y el PP a raíz de la aprobación por parte del gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero de la llamada “Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos”. El Partido Popular, contando con el apoyo de la Iglesia Católica, tachó la Ley del gobierno socialista de totalitarista y de intentar convertirse en el instrumento legal que justificase el adoctrinamiento y la formación de conciencias por parte del Estado. ¿Quién no recuerda las grandes manifestaciones auspiciadas por Monseñor Rouco Varela o las invectivas del Arzobispo Cañizares contra la ley socialista?

No hace falta decir que los aspectos de la Ley que más ampollas levantaron en el sector más conservador de la sociedad española (apoyado periodísticamente, entre otros, por el citado diario El Mundo, el mismo que se lleva las manos a la cabeza al comprobar hasta qué punto se está generalizando el consumo de los servicios de la prostitución entre los jóvenes españoles) fueron aquéllos que hacían referencia a la educación sexual.

Incluir la educación sexual en los programas de estudio de España es, sin duda, una de las grandes asignaturas pendientes del sistema educativo español, máxime cuando se ha comprobado que la primera toma de contacto de los preadolescentes con las relaciones de pareja se produce habitualmente a partir de la pornografía. El pre-adolescente adquiere del sexo la visión que transmiten las webs de sexo en streaming. Es decir: la relación sexual se convierte, en el imaginario de ese pre-adolescente que es educado (maleducado) sexualmente por los productos generados por la industria pornográfica, en una repetición de roles y prácticas que, salvo variaciones, se producen entre un hombre que parece un incansable y superdotado semental y una mujer sumisa y complaciente que en todo momento obedece las instrucciones del hombre y se amolda a sus deseos sexuales.

Cambiar el estereotipo de lo que es una relación sexual plenamente satisfactoria entre un hombre y una mujer debería convertirse en uno de los objetivos principales de una educación sexual que, incluida en el programa educativo de nuestros pre-adolescentes, sirviera para formar una generación de personas más cultas sexualmente. Llegados a ese punto, seguro que los jóvenes se iniciarían en edades más tardías en el consumo de prostitución. Para llegar a ese punto, sin embargo, hay que dejar de tratar el sexo como un tabú y normalizar la relación que toda la sociedad (y no sólo de los jóvenes) mantienen con él. Más allá de eso, todas las apelaciones al fomento de los valores cívicos por parte de los diferentes actores sociales no son más, según nuestro punto de vista, que brindis al sol y muestras de un moralismo tan cargado en apariencia de buenas intenciones como estéril en sus resultados.

Eduquemos sexualmente a nuestros jóvenes y, muy probablemente, concebirán el sexo y su disfrute como algo que está más allá de ir a un puticlub con todos los amigos para comprar los servicios eróticos de una prostituta. Pero para educar sexualmente a los jóvenes debemos primero desprendernos de algunas mochilas ideológico-religiosas que, desde nuestro punto de vista, no hacen sino lastrar la relación que mantenemos con nuestro propio cuerpo y sus capacidades de gozo. Claro que eso, librarse del peso de una moral y de una ideología inculcada durante décadas (habrá quien diga que siglos) resulta más difícil que proclamar a los cuatro vientos que se está contra el trato comercial de las personas y que se considera la prostitución una afrenta a los derechos y a la dignidad de la mujer.